ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Las guerras del opio

10 de abril de 2016

Tanto en 1839 como en 1856 Inglaterra declaró la guerra a China y en ambas ocasiones China fue vencida. El detonante de estos conflictos fue la oposición del gobierno chino al comercio del opio que los ingleses promovían en China. Desde hacía varias décadas Inglaterra se había dedicado a cultivar opio en la India, las cantidades eran industriales y por lo mismo empujaban a la búsqueda de cada vez mayor número de consumidores. China les pareció un mercado ideal tanto por la cantidad de habitantes como por la cercanía con el país de cultivo, así que inopinadamente se dedicaron a promover el consumo de esta droga en dicho país, obteniendo en pocos años ganancias millonarias.

 

El problema de fondo radica en que el gobierno del imperio chino consideraba como parte de sus deberes, cuidar la salud de sus ciudadanos pero también, la salud integral de la sociedad. Los estragos que el consumo del opio estaban generando eran realmente preocupantes para dicho gobierno, personas de todas las esferas sociales se habían hecho adictas y este enviciamiento estaba afectando la productividad de la gente, el clima familiar, el ambiente social, el rendimiento educativo e incluso las funciones administrativas del estado.

 

El imperio chino se había edificado sobre una ética del trabajo y de la función pública basadas en las enseñanzas de Confucio, que incluían un concepto de familia, de cultura, de estética y moralidad individual y social bastante acendradas, por lo mismo el derecho individual debía invariablemente sujetarse no sólo al derecho de los demás, sino a la visión de país que se sostenía, en esa visión el consumo del opio no sólo no tenía cabida, sino que además ponía en grave riesgo la viabilidad de la nación, de ahí la fuerte reacción del estado para erradicar su consumo.

 

Pero Inglaterra estaba a la cabeza del progreso industrial y económico frente a una China todavía bastante cerrada en sí misma y ajena a las novedades occidentales, sobre todo en el campo bélico, por lo mismo se impusieron las armas al servicio de la drogadicción. El imperio celeste, humillado, debió ceder territorios para compensar los gastos de las guerras, asumir una deuda millonaria por esa misma razón, y además admitir que la Gran Bretaña siguiera convirtiendo a los chinos en viciosos. Seguramente una sociedad idiotizada por el consumo de enervantes resultaba mucho más manipulable, y lo será todavía por muchos años y nuevas guerras e invasiones, la caída del sistema imperial y de los gobiernos sucesivos, el empobrecimiento general, la fragmentación social, la deuda externa imparable, la corrupción desatada, las infinitas sublevaciones inducidas desde fuera, la prensa amarillista pagada, y el sometimiento de los gobiernos en turno al dictado de los interés extranjeros; el gran caos de una gran civilización promovido por las potencias occidentales, bajo el liderazgo de Inglaterra.

 

Recordar estos hechos no es gratuito, habría que relacionarlos con el actual debate mexicano acerca del consumo de enervantes, donde los participantes han mostrado un perfil tan limitado, y donde a nadie se le ha ocurrido pensar si lo debatido encaja o no con el proyecto de nación que tenemos, tal vez porque ya ni proyecto tenemos.