ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Las misas de París

25 de marzo de 2012

A la muerte de Enrique III de Francia en 1589, la sucesión debía recaer sobre Enrique de Navarra, quién para obtener el trono renunció a sus ideas protestantes, pronunciando la famosa frase “Paris bien vale una misa”.

 

La participación en la misa que celebrará el Papa Benedicto XVI de los tres principales candidatos al Gobierno Federal del país hace recordar aquella frase que ahora sonaría “La Presidencia de México bien vale una misa”. Sobre todo si en torno a la misa habrá  cientos de miles de ciudadanos, otros millones más la estarán siguiendo a través de los medios de comunicación, y además, será presidida por el líder mundial del catolicismo.

 

Al margen de estos posibles cálculos políticos el hecho no debiera parecer tan extraño. Los candidatos, todos de origen católico, y más o menos practicantes, aspiran a gobernar una sociedad mayoritariamente católica. Acuden a una celebración religiosa cuyo formato simbólico y contenido teórico son especialmente educativos, dentro de un ambiente generado desde lo mejor que puede tener y aportar el ser humano, en busca de metas altruistas, individuales y comunitarias. Si los candidatos logran estar más atentos a la celebración que a las cámaras o a sus tensiones internas es muy posible que salgan altamente beneficiados en lo espiritual y en lo intelectual, particularmente en lo que mira al fortalecimiento de valores tan esenciales en la gestión pública como son la honestidad, la responsabilidad, y el compromiso generoso a la hora de enfrentar los retos que tiene el país.

 

Las polémicas ideológicas en el entorno hacen también su parte blandiendo la pancarta, muy agujereada, de un supuesto estado laico violentado, que deja perplejas a las democracias más evolucionadas del planeta, pues ni en Alemania, ni en Estados Unidos, ni en Canadá, ni en Suecia, Inglaterra, Bélgica, Chile o Finlandia, piensa nadie que la definición laica de un Estado deba reprimir el derecho humano a profesar en público y en privado la religión de un gobernante, ni el que los presidentes electos de Estados Unidos atropellen la laicidad por asistir a una servicio religioso previo a la toma de posesión, y hagan estar jurando sobre una Biblia.

 

Desde luego que nuestro subdesarrollo democrático produce éstas y muchas otras reacciones primitivas o demagógicas, con la ventaja de dar de comer a no pocos activistas al menos por una tarde.

 

Sin duda es un privilegio para todos, creyentes o no, que un líder religioso de la talla mundial de Benedicto XVI visite nuestro país; sabemos desde luego que su fuerza radica en la función eclesial que ostenta como sucesor del apóstol Pedro, y en su experiencia como uno de los grandes teólogos que hicieron el Concilio Vaticano II. Los muchos años en que ha meditado y profundizado en la persona y enseñanza de Cristo, avalan su trabajo magisterial, así como la firmeza y honestidad con que ha desarrollado su pontificado. Seguramente su presencia y sus enseñanzas dejarán un efecto notable en cuantos estén dispuestos a beneficiarse de este acontecimiento.