ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Las rutas de la monarquía

28 de octubre de 2012

El sistema monárquico es muy simple, más que hacerse o elegirse, los reyes nacen  y heredan genéticamente su puesto. Es un trabajo de por vida, uno de los mejores pagados que haya jamás existido, con todos los privilegios imaginables lo mismo en cuanto al poder que en cuanto al honor y al dinero. A lo mejor también en cuanto a la eficiencia en el gobierno.

 

Pero cuando un país erradica legalmente dicho sistema, todos aquellos que hubiesen gustado de ser reyes buscan rutas alternas, la más común ha sido la dictadura. Pero la dictadura más que una opción al alcance de cualquier mano, supone una capacidad que no todo mundo tiene. De cualquier forma dictadores siempre ha habido,  pero se ha desprestigiado tanto ese sistema que no quedan sino dos caminos alternos y simulados: la reelección a perpetuidad, o de manera alternada con algún colaborador leal, como lo vemos en Venezuela, para el primer caso, o en Rusia, para el segundo.

 

Desde luego existen otros niveles de la dinámica social en que las dictaduras disimuladas se desarrollan a los ojos de la democrática sociedad sin que nadie diga nada de nada, para gusto y perpetua satisfacción de los seudodictadores, uno de ellos es precisamente el sindicalismo, y en particular, el sindicalismo mexicano, uno de los pocos espacios oficiales de la vida nacional donde la democracia sigue siendo lo mismo que era en los tiempos de don Porfirio, una vulgar y cínica mascarada.

 

El líder sindical al que extrañamente a veces llaman “líder moral”, el secretario del sindicato, o el presidente del sindicato, no son sino eufemismos para disimular la realidad que todo mundo sabe, sobre todo cuando se trata de sindicatos poderosos por el número de agremiados que tienen y, en consecuencia, por el volumen de recursos de que disponen.

 

Las periódicas elecciones que realizan en apego estricto a sus estatutos son un verdadero ejemplo de unidad en la corrupción y en la complicidad, nunca en la estupidez, porque la gente que va y corea a favor del candidato de siempre, sabe muy bien lo que hace y por qué lo hace, los mexicanos no somos tontos, somos interesados, y seguimos poniendo el interés personal por encima del comunitario y la satisfacción de la necesidad presente a costa del futuro. Que si fueron a votar solamente los que sabían por quién hacerlo, o efectivamente todos votaron admirablemente en un único sentido, es algo predecible y siempre penoso; ver las pancartas, oír los gritos, las declaraciones a favor del candidato perpetuo, es darle voz y cuerpo a una sociedad siempre ávida por ambición o por carencia, una sociedad que sacrifica los valores por la necesidad, y los escrúpulos por la ganancia.

 

Escuchar a los líderes recién electos es todavía más denigrante, sobre todo si siguen siendo tributarios de la retórica de los gritos y los gestos, de las frases estudiadas pero manidas, de los manoteos actuados para enmarcar discursos huecos y frases inconexas, son “monarcas”, eso es todo, aún si deben refrendarles la corona de tiempo en tiempo, con la certeza bien perpetrada de que seguirán ganando.