ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Le llaman diplomacia

27 de marzo de 2011

Al parecer fue Venecia la primera República que decidió sustituir el anticuado sistema de espías disfrazados de mercaderes por el de embajadores permanentes. Desde entonces estos personajes se dedicaron a enviar pormenorizados relatos de todo cuanto ocurría en los países donde desarrollaban su “delicada” misión. Hoy día las cartas e informes de estos incipientes diplomáticos constituyen el deleite de los historiadores, ya que dichos documentos abundan en todo tipo de detalles no sólo sobre cuestiones públicas, sino también acerca de las privadas, lo mismo de los estados que de sus representantes, de las alianzas con el vecino de enfrente y las alianzas ocultas con el vecino de más delante en contra del anterior, sazonadas con observaciones pícaras acerca de la personalidad, cualidades, defectos, y fama  de príncipes, reyes y emperadores.

 

Obviamente todos los gobiernos conocen a la perfección las diversas finalidades que persigue la presencia de un embajador, entre las cuales destaca su deber de informar acerca de cuanto de alguna manera afecte los intereses del país representado. Tampoco se ignora que cumplir con esta tarea puede incluir todo tipo de recursos, algunos francamente inmorales. Lo admirable del sistema es que todos admitan estas posibilidades en una especie de “el juego que todos jugamos”, o dicho de otro modo, si me dejas espiarte, yo te dejaré hacerlo también, pero lo haremos con el mayor tacto y disimulo que nos sea posible, es decir, lo haremos diplomáticamente, también a la hora de redactar nuestros informes, si es el caso, valiéndonos de claves secretas donde “persona interesante” signifique torpe, y el “menos adecuado” signifique urge darle un golpe de estado. Claro que estas condiciones pueden ser simplemente ignoradas, sobre todo si se es representante de una gran potencia a la que hay que informar sin acudir a estos subterfugios del lenguaje,  sobre todo si  se piensa que tales claridosos informes jamás serán del dominio público.

 

Hasta que se hacen del dominio público porque nada hay secreto en la red que no llegue a conocerse. Y entonces, particularmente en nuestros países de alma latina, se desborda la indignación y el sentimiento, porque la verdad se siente feo que anden diciendo de nosotros lo que todos sabemos, pero como luego se dice, “a mi perro nomás yo le pego”. Por lo mismo, lejos de aprovechar la oportunidad que genera quién “muestra sus cartas”, aunque haya sido involuntariamente, nos vamos al berrinche, al reproche, al ya no me simpatizas, a fin de que nos manden a otro diplomático mucho más difícil de escrutar, en caso de que la nación afectada haya aprendido la lección.

 

Si a esto le añadimos los detalles de operaciones de armas, de aviones no tripulados, de permisos medio concedidos, del si sabían y del no sabíamos que debíamos decir que sabíamos, la situación se complica confirmando sexenio y medio de política exterior desastrosa.