Le llaman tirria : Consejo de la crónica y la historia de Guadalajara

ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Le llaman tirria

5 de noviembre de 2017

Aunque tirria y birria se parecen, dado su común origen griego, no significan hoy lo mismo. Tirria expresa la obsesión con la que una persona agrede a otra una y otra vez haya o no haya razones para ello. Igual se le puede tener tirria a un objeto, organización, sociedad o cualquier cosa que se convierta en el blanco repetitivo de una acción dañina.

 

En nuestra antigua y desfigurada ciudad abundan los tesoros heredados de épocas mejores, algunos, muy pocos, muy cuidados, otros olvidados y algunos más especialmente agredidos directa o indirectamente, es decir, objeto de una tirria que ya es histórica.

 

Entre éstos quiero destacar el triste sino de un conjunto arquitectónico que fue en su momento el más célebre e importante de Guadalajara, el conjunto conventual de San Francisco el Grande, que se extendía desde la actual calle de Colón hasta la hoy llamada Calzada Independencia, entre las calles de Prisciliano Sánchez y Miguel Blanco, conjunto atravesado por un arroyo que seguía el curso de la actual calle Degollado. Dado que los franciscanos solían construir sus espacios conventuales siguiendo patrones establecidos, hoy día podemos darnos una idea de lo que fue este de Guadalajara, si lo comparamos con el de Antigua, en Guatemala, acaso uno de los mejor conservados.

 

Pero hubo quienes se ensañaron con este memorable conjunto de iglesias, atrios, jardines y cementerio, primero con ocasión de la guerra de reforma que no sólo confiscó y destruyó el benemérito convento, sino también echó por los suelos tres de sus seis capillas, abrió calle por en medio del espacioso atrio, y convirtió en parque lo que era camposanto.

 

De aquel majestuoso conjunto arquitectónico solamente quedó en pie el templo mayor, el de San Francisco y sus anexos, y la capilla de Aránzazu. Por si fuera poco, la gran iglesia fue intencionalmente quemada en 1939, el incendio fue tan voraz que a no ser por la acción heroica de un hermano lego, que desde la azotea abrió todas las ventanas, el fuego hubiera reventado las bóvedas. El turno para la hermosa capilla de Aránzazu llegó treinta años después cuando manos desconocidas incendiaron la puerta principal pretendiendo así acabar con la única iglesia churrigueresca que quedaba en Guadalajara.

 

Con la llegada de la interminable y super costosa Línea 3, nuevamente la iglesia de San Francisco fue dañada, precisamente por los trabajos previos destinados a que no se dañara. Lo extraño y paradójico del asunto es que los trabajos en pro de la conservación de este verdadero monumento de nuestra historia parece que solamente interesan y preocupan a los franciscanos, como si sólo ellos comprendieran el valor y significado de esta valiosa herencia de nuestra ciudad.

 

El franciscanismo es un sello profundo y positivo que marcó desde el inicio la genética de nuestra historia en el occidente mexicano, uno de sus emblemas corona el escudo de Guadalajara, uno de sus frailes fue clave en el inicio de esto que hemos llegado a ser los jaliscienses, y la imagen mariana que este misionero nos dejó, sigue siendo el imán religioso de más arraigo en nuestra tierra, ¿cómo que se debe ignorar la problemática que sufre esta noble edificación?