ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Lecciones históricas

23 de marzo de 2014

En 1938 Adolfo Hitler procedió a poner en obra un proyecto largamente acariciado: la expansión alemana en Europa. El arranque se justificó bajo el tema de una Alemania para los alemanes, es decir, que la tierra en que vivían alemanes, debería ser parte de Alemania.

 

Por lo mismo era del todo natural el que Austria formara parte del nuevo reino germano, iniciativa que por cierto los austriacos en su mayoría saludaron y apoyaron con indecible entusiasmo. Pero también había alemanes viviendo desde hacía siglos en parte de la entonces Checoslovaquia, se trata de la famosa cuestión de los “sudestes”, que trajo como consecuencia la anexión también no sólo de los sudestes sino de toda la República Checoslovaca.

 

Las potencias europeas, como de costumbre, iniciaron pláticas diplomáticas cruzadas, evaluaron los hechos, recordaron alianzas y pactos, calibraron sus intereses. La Unión Soviética se había comprometido a defender Checoslovaquia, en caso de que ésta fuese agredida, pero a condición de que Francia, de acuerdo a su propio tratado, lo hiciera primero, y dado que Francia no tenía de momento ningún interés de honrar su palabra, dejó que las cosas pasaran, mientras que la Gran Bretaña, fiel a sus ancestrales tradiciones, calculaba muy bien pérdidas y ganancias, dialogaba amigablemente con Hitler y brindaba con él a través de su primer ministro Neville Chamberlain. Las cuestiones comerciales, las condiciones del mercado, el flujo de productos, el valor del dinero, todo presionaba a un “dejar hacer”, máxime que Hitler sabía justificar muy bien sus acciones y blandía como su mejor bandera el trato injusto que según él, había recibido Alemania al concluir la Primera Guerra Mundial.

 

Ocupar Polonia fue otra cosa, al parecer las potencias europeas habían esperado demasiado o demasiado creído que Hitler no iría más lejos de los sudestes recuperados con todo y Austria.

 

El asunto de Crimea, cuya inicial separación de Ucrania hoy tantos analistas aclaran y justifican, y su por supuesto inmediata anexión a Rusia, hace recordar tiempos pasados y advertir conductas repetitivas.

 

Porque Crimea tiene un porcentaje mayoritario de población rusa, porque históricamente fue siempre parte de aquel país tanto en tiempo de los zares blancos como de los zares rojos, porque debía castigarse de manera ejemplar la tendencia pro europea de Ucrania, porque dicha tendencia fue el magnífico pretexto para intervenir y seccionar, porque la imagen de Putin ante los rusos se ha engrandecido augurándole un cuarto mandato.

¿Qué país sigue? ¿Otra vez Polonia? ¿Los países bálticos? ¿O las regiones de Bohemia donde también hay una notable población rusa? Tal vez la idea sea reconstruir en el siglo XXI el poderío territorial, político y económico del imperio ruso y su inmediato sucesor, la Unión Soviética.

 

De ser así todas las naciones que se separaron de Rusia en años recientes, deberán estar pensando seriamente en la evolución que estos hechos tengan. No en vano Polonia y Lituania recibieron esta semana la visita del vicepresidente norteamericano, si bien para defender el derecho internacional habría primero que respetarlo, como bien se lo recordó Putin a Obama.

 

¿Habrá nuevamente que “dejar hacer”, blandiendo tímidas e incumplibles “sanciones”, para evitar una nueva guerra, fría o caliente, a partir de Ucrania, con todos sus potenciales riesgos? Pronto lo sabremos.