ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Lecciones reformistas

5 de enero de 2014

Las reformas establecidas por el gobierno durante el 2013 pueden ser un dechado de perfección y promesa, pero mostraron una vez más la incurable postración de la democracia mexicana.

 

Si tomamos por ejemplo la reforma energética advertimos en primer lugar la vergonzosa irresponsabilidad de las legislaturas estatales que con una fe más que ciega, frívola, aprobaron en cuestión de minutos las nuevas leyes, confiando en que ya otros habían hecho el trabajo y lo suyo era simplemente votar que sí, ¿para qué trabajar de más?

 

El discurso de los opositores a esta reforma, fuera de una que otra excepción, se mantuvo ortodoxamente en los parámetros del cardenismo y la demagogia histórica que lo siguió. Aquí no pasaron los años. Pero el podrido petate del muerto no pudo enfrentar al coloso global de la economía neoliberal, rebosante de novedad y fascinantes ofertas, por lo demás engañosas y fallidas para países en desarrollo.

 

Se habló entonces de la consulta popular. ¿Y cuándo se informó y formó a la gente para que pudiera opinar llegado el caso? ¿Qué parámetros de juicio manejaríamos? ¿Que bajará el gas, la gasolina y la electricidad, de aprobarse, o por el contrario subirán aún más y todo el tiempo en caso contrario? ¿Qué los extranjeros se adueñarán de los recursos energéticos de la patria mexicana, despojándonos de nuestro invaluable patrimonio? ¿Acaso no es precisamente eso lo que ha hecho el Gobierno y el Sindicato con los tan traídos y llevados recursos? ¿Está consciente la sociedad mexicana de las condiciones actuales del petróleo, del gas, de la energía eléctrica, de la infraestructura usada para obtenerlos, de las plantas laborales, de la podredumbre sindical, de las maneras en que se transportan los productos y se venden, y sobre todo del uso que se da a las ganancias? ¿Cómo pueden pues opinar si no es con base a informaciones fragmentadas, demagógicas o míticas? Aún peor, ¿qué porcentaje de la ciudadanía estaría realmente interesada en formarse, informarse, opinar y votar? Toda consulta, dadas las condiciones de nuestra democracia, acaba siendo oligárquica. Patria, pueblo, nación, patrimonio, autonomía, prosperidad, no son sino palabras del infinito vocabulario de una demagogia política cada vez más banalizada por la mercadotecnia boba de todos los días.

 

Si la reforma energética busca solamente obtener mayores recursos, y lo mismo busca la reforma hacendaria y la laboral, estamos francamente sometidos a la insaciable voracidad del aparato gubernamental, que requiere de más y más recursos para seguir manteniendo una nómina inflada de burócratas desinflados, presupuestos billonarios, obra pública de relumbrón electorero, salarios ofensivos, proyectos faraónicos pagados con más deuda, costeo de una apariencia ante las naciones que se colapsa apenas las naciones nos miran más de cerca.

 

Quisiéramos por una vez confiar en las acciones de gobierno. Los hechos de cada día nos lo impiden. Lo que verdaderamente requeriría de una profunda reforma, previa a toda otra, es la reforma de la función pública, y esa es precisamente la reforma que nunca llega.