ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Lentos, cíclicos o sometidos

16 de septiembre de 2012

Trescientos años, un mes y 14 días tardó la sociedad de la Nueva España en llegar a su independencia. 102 años con 20 días tardó la sociedad mexicana en reconocer el derecho de voto a las mujeres. Cincuenta y cinco años de luchas civiles le costó al país lograr la estabilidad porfirista. Veintiún años más recuperarla, luego de la desastrosa revolución. En esos largos periodos de tiempo las dictaduras se volvieron cíclicas y pasaron de las personales a la de partido; debieron pasar 66 años para que ésta última fuese superada, y otros 12 ¿en estar de vuelta?

 

Todo parece indicar que sí nos hemos visto lentos, lo mismo para comprender que para actuar. También es cierto que hemos repetido ciclos con algún grado de fatalidad, pero con una evidente tendencia a crecer y mejorar su calidad. Las sucesivas dictaduras de Santana hoy nos parecen además de trágicas, chuscas, ridículas, aunque comprensibles. La dictadura porfirista fue bastante seria, formal y progresista. Todavía más lo fue, si realmente lo fue, la dictadura partidista, por lo menos hasta le Gobierno de Díaz Ordaz. Un santanismo relativamente resucitado semejó no pocas veces el Gobierno de Fox, al menos en algunos aspectos, y el regreso del partido otrora oficial, confirma la tendencia a reproducir los ciclos, esperamos, de manera ascendente.

 

El grado tan radical de violencia con que eventualmente ha reaccionado esta misma sociedad mexicana, es prueba inequívoca de esa otra tendencia nuestra al sometimiento pasivo, forzado, tantas veces con la sonrisa en los labios y el cerebro enardecido. Pero este sometimiento delata por otra parte el tamaño de la prepotencia y de la impunidad con que han actuado “cíclicamente” los gobernantes. Someterse una y otra vez ante la injusticia, dejarse atropellar por el despotismo de la impunidad, precisamente porque no queda otra salida, equivale a taponar el cráter y a la vez atizarle la lumbre.

 

Por lo mismo en México no ha habido guerras “civiles”, todas han sido bárbaras; su estallido ha hecho reventar los diques de un resentimiento acumulado por años y generaciones frente a los ineptos con poder, a los corruptos con fuero, a los que se enriquecen con el erario público y encima lo presumen, a los que ganan sin otro mérito que el compadrazgo, o aplastan ufanos a quienes carecen de influencias.

 

Lo que hoy se recuerda es un estallido de ese tipo, en un país que ha encontrado en la delincuencia organizada una vía para desquitar el resentimiento.

 

El ciclo se repite desde el momento que las autoridades que presiden las celebraciones patrias son las mismas que suelen producir esas conflagraciones, con las mismas actitudes, la misma prepotencia, la infaltable presunción y el enriquecimiento impune a la vista de todos.

 

No obstante nuestra lentitud y sometimiento a esos ciclos siniestros, y a pesar de ellos, México sobrevive; la tierra sigue siendo generosa desde lo más profundo de sus entrañas, y un número incalculable de personas trabaja desde que amanece hasta que vuelve a anochecer, para progresar sin robar a nadie, sin tener que engañar o defraudar, con esfuerzo sostenido y creatividad constante, pensando y actuando, haciendo que suceda lo que se espera, ese es el único México que merece ser hoy festejado.