ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los danzantes

12 de octubre de 2014

La danza es una de las actividades más espontáneas de la especie humana, es la manera más común de darle movimiento a las emociones; en principio considerada inocua, ahora sabemos que es relajante y trae consigo innumerables beneficios para la salud.
Pero junto al baile que surge por gusto, la danza de la que aquí hablo es la danza religiosa, quizá la más antigua expresión formal de esta actividad, de la cual nos hablan los textos de todas las culturas, y desde luego la misma Biblia, cuando nos dice que el rey David danzaba con todas sus fuerzas delante del Arca de la Alianza.
Por supuesto que la cultura española conservó y transmitió diversos tipos de danza religiosa, razón por la cual no se sorprendió al encontrar entre los antiguos pobladores de América el ejercicio de esta expresión desde las maneras más simples hasta las más sofisticadas. Los mismos misioneros tomaron la decisión de incorporar la danza religiosa indígena al universo cristiano que predicaban, reinterpretando sus contenidos, pero conservando sus motivos: alegría religiosa, gratitud, ofrenda, esfuerzo, motivos desde luego colindantes con la danza religiosa cristiana europea de aquel tiempo.
En el momento actual se pueden advertir dos corrientes en lo que mira a la danza religiosa: la genuina, transmitida y conservada de una a otra generación desde los tiempos virreinales, y la artificial o académica, reinterpretada por antropólogos o representantes de la “nueva era” promovida con sentido diacrónico, es decir, como una supuesta recuperación que prescinde de sus auténticos representantes, de aquellos hombres y mujeres que la han cultivado de manera constante a lo largo del tiempo.
En la zona metropolitana de Guadalajara la danza religiosa se ha conservado permanentemente en torno a las fiestas religiosas de barrios y pueblos, pero su factor dominante son las fiestas de la Virgen de Zapopan, pues es en torno a la visita anual de esta imagen, y particularmente con ocasión de la gran fiesta de su regreso, hoy llamado “romería”, que las danzas surgen, se organizan, se ensayan todos los días desde el mes de agosto, a la vez que prevén los gastos de sus trajes, instrumentos e insignias.
Estamos hablando de aproximadamente 22 mil danzantes, organizados en diversos grupos y estilos de danza: de conquista, matachines, sonajeros, concheros, lanceros, tastoanes; con atuendos indígenas o mestizos que han de estrenarse para esta fecha generando una derrama económica, sólo en el rubro “vestuario” de por lo menos 22 millones de pesos. En las danzas participan familias enteras, que desde la noche del día 11, la noche del “ensayo real”, comienzan a danzar para seguirlo haciendo durante los días 12 y 13, en que toda la gran plaza de Zapopan y calles adyacentes se convierten en atrio para el ofrecimiento de esta singular expresión cultural cristiana.
Danzas de Zacatecas, Nayarit, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, México y Puebla se hacen presentes con esta ocasión y se hermanan con las danzas locales en esta sorprendente y multitudinaria muestra de gratitud, difícilmente apreciable en ninguna otra parte del país.