ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los confines de la demagogia

6 de marzo de 2016

Pensar que los políticos demagogos y populistas son patrimonio de los pueblos subdesarrollados es un prejuicio carente de fundamento.

 

La sociedad humana arrastra consigo miedos y ansiedades ancestrales que no dependen del avance tecnológico sino de su misma precariedad, es decir, siempre estamos temiendo perder lo que hemos logrado o deseando alcanzar lo que todavía nos falta aunque no lo necesitemos.

 

Esta realidad se da lo mismo en los países más ricos que en los más pobres, y constituye la base sobre la cual pueden bregar ampliamente los políticos demagogos y populistas. Por populismo estoy entendiendo aquí el conjunto de problemas o condiciones más sensible para la mayoría de la gente, y la facilidad con la que se pasa enseguida a identificar las amenazas, los enemigos, los fautores que pueden quitarnos o impedirnos tener lo que ya poseemos o buscamos. La demagogia viene cuando un líder político, advirtiendo cuáles son en el momento presente esas ansiedades sociales, las explota o aún cultiva y exacerba, ofreciéndose además como el único que puede dar una solución rápida y contundente; la respuesta de los sectores más proclives a generar estos miedos, odios, racismos o discriminaciones no se hace esperar, el demagogo ha encontrado a las personas y grupos de su nivel, son el uno para el otro.

 

Diversos literatos latinoamericanos nos habían llevado a pensar que este populismo demagógico era eminentemente latino, de ahí que las dictaduras de este corte hubiesen sido tan frecuentes entre nosotros hasta construir un estereotipo: poder absoluto y paternalismo sentimental, discursos vehementes y militarismo de base, linchamientos permanentes y ausencia de resultados en aquello en que justamente se los esperaba.

 

Hoy podemos constatar que aún en sociedades que se ostentaban como el mejor ejemplo de progreso democrático y elevado perfil de sus liderazgos políticos, el populismo y la demagogia tienen también derecho.

 

Desde luego no es la primera vez que en Estados Unidos surge este tipo de líderes con la extraña capacidad de suscitar en parte de la ciudadanía este tipo de respuestas. Los enemigos simbólicos de la sociedad norteamericana han transitado en los últimos años de los comunistas a los terroristas y de los terroristas a los migrantes, o de la amenaza africana a la latina, sin mencionar la frecuencia con que sus ideólogos ubican con igual vehemencia al enemigo en catástrofes naturales terráqueas o extraplanetarias.

 

Atemorizar para afianzarse en el poder no es un recurso que les haya sido desconocido, sobre todo si es justamente el gobierno o tal o cual partido el único capaz de exorcizar angustias y temores. Este mismo manejo es más que suficiente para justificar guerras, invasiones o políticas globales que aseguren los derechos del ciudadano norteamericano en cualquier parte del mundo.

 

El derrotero actual que ha seguido el debate político en Estados Unidos presenta un interesante muestrario de todos estos manejos, sobre todo cuando México es presentado de diversas formas como el siguiente enemigo a vencer. No obstante el asunto migratorio requeriría de planteamientos mucho más inteligentes, objetivos y propositivos, pero hoy igual que en los tiempos de Alejandro Magno, el dictador prefiere cortar el nudo a tomarse el trabajo de desatarlo.