ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los griegos

19 julio 2015

Hacía tiempo que de los griegos no se sabía sino su remoto e ilustre pasado. Ahora han saltado de nuevo a la fama global.

El contexto es desde luego su relación tormentosa con la Unión Europea. Al respecto ha comentado todo mundo calificando la posición de Grecia con epítetos que van del cinismo irresponsable al heroísmo extremo. Que les prestaron miles de millones de euros, que se los gastaron con la actitud de los ricos nuevos, que alteraron sus estados financieros para ganarse la confianza de los acreedores, que es un país en quiebra, un estado fallido, y que ahora ni quieren ni pueden pagar sus adeudos,  y muchas cosas más, lo que quieran y gusten, pero han puesto en la escena mundial una práctica que no puede seguirse ocultando: la corrupta connivencia entre gobiernos y entidades financieras mundiales, a espaldas y a costas del presente y el futuro de la sociedad.

Según algunos analistas, para que Grecia pueda saldar sus deudas en los términos impuestos por sus acreedores, tendrían que pasar doscientos años; el negocio perfecto, el futuro asegurado, el triunfo incomparable del agiotismo global en beneficio de las grandes potencias, situación explicable exclusivamente desde la complicidad de los gobiernos cuyos líderes pactan este tipo de negocios empeñando por décadas la vida de sus ciudadanos, a cambio de beneficios muy relativos para la gente y altamente productivos para los políticos, que concluida su gestión pueden, si gustan, seguir trabajando, ahora sí, directamente a las órdenes de sus benefactores, o pasar el resto de su existencia como magnates.

Legalmente los grandes prestamistas deben cerciorarse de la capacidad de pago de los países, incluso del destino de los préstamos, y del impacto que los endeudamientos pueden tener sobre la sociedad, pero todo indica que no lo hacen o sólo fingen hacerlo, particularmente aquellas instituciones ubicadas bajo la egida norteamericana, siempre más interesada en la sujeción política que trae consigo la deuda que en cualquier otra cosa.

De Grecia se ha dicho igualmente que su inoperancia financiera se debe a que es un país poco productivo, al que buscaban hacer productivo en diez años prestándole descomunales cantidades de dinero, para que ya transformado mantuviera a sus acreedores por dos siglos ¿de quién fue la fantasía? Por otra parte la productividad final no se limita solamente a la eficiencia laboral, sino a muchas otras reglas que operan siempre a favor del más fuerte, aún en aquellos aspectos del comercio que poco tienen que ver con la tecnología de última generación.

El “kaos” griego ha expuesto diáfanamente el cosmos neo feudal y global del momento presente generando diversos interrogantes: ¿Sigue siendo legítimo que los gobiernos adquieran préstamos a espaldas de la ciudadanía? ¿Deben ser enjuiciados los gobiernos que sigan incurriendo en esta práctica? ¿Cuántos años tendrán que pasar para que México pague su deuda? ¿O seguirá endeudándose indefinidamente, a tenor y gusto de sus acreedores? ¿La celebrada disciplina financiera mexicana es mero sometimiento servil a las reglas globales? ¿O es la carísima factura que la gente paga a cambio de legitimidad gubernamental?