ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los indignados

23 de octubre de 2011

Hace varios años, cuando se imponía el movimiento de los globalifóbicos, alguien preguntó por qué en México no se daba este fenómeno. La respuesta fue contundente: en México ni siquiera advertimos los males que encierra la globalización.

Los globalifóbicos se manifestaron por primera vez en Seattle, en la cumbre de la OMC en noviembre de 1999, eran los trabajadores del primer mundo alarmados por la amenaza que el comercio global significaba para sus empleos, derechos laborales y condiciones de vida. En efecto, tanto la organización del comercio a nivel global, como el capitalismo neoliberal y los tratados de libre comercio, auguraban un serio retroceso en las conquistas sociales de la clase trabajadora. Advertir estas tendencias era fruto de un monitoreo permanente y dinámico de los líderes sindicales norteamericanos que rápidamente fue secundado por analistas y conductores sociales en diversos países europeos. Esto no ocurría en México, carente de este tipo de liderazgo social, por lo mismo las clases trabajadoras permanecían inermes a los primeros efectos del TLC; que miles de empleados perdieran su trabajo porque la empresa migraba a algún país que mejoraba las ganancias de los dueños, que mucha gente tuviera que contratarse sin prestaciones, porque ahora ya se podía, que se modificara la ley de jubilaciones o el TLC golpeara severamente a innumerables empresas mexicanas, eran cosas superables con un buen circo televisivo, un festival musical gratuito o una tardeada de banda.

Por la aceleración de la comunicación el movimiento de los “indignados” ha tenido un eco más rápido en nuestro país, es todavía un eco mínimo si nos comparamos con las movilizaciones ocurridas en diversas naciones árabes y europeas. Para algunos analistas, los participantes del primer mundo se indignan por el declive de un promisorio “Estado de bienestar” que prescindía en buena medida del esfuerzo colectivo, pero no es sólo eso, la indignación del primer mundo es una reacción también a la usura mundial, a la tendencia neocapitalista que hace cada vez más ricos a un número cada vez menor de grandes empresarios, sin que, como lo demostrara el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, esa acumulación brutal de capitales se derrame sobre la enorme base social. Es la indignación ante una casta de políticos que han decidido gobernar exclusivamente para los ricos, porque a fin de cuentas han sido ellos quienes los han llevado al poder, es la indignación de los jóvenes, en su mayoría estudiantes y profesionistas, que enfrentan un futuro incierto, sin hablar de los miles de jóvenes que, privados del hoy discutible privilegio de la formación profesional, deberán sobrevivir como obreros no calificados y con un mínimo de prestaciones.

En México la indignación ha nacido de ciudadanos golpeados por la inseguridad reinante y por otras realidades abrumadoramente actuales, nada que ver todavía con una indignación en vistas al futuro previsible.