ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los líderes

25 de octubre de 2009

Una de las carencias que más deplora la sociedad actual es la falta de líderes. El término ha sido tan manoseado, que su sentido oscila de lo positivo a lo peyorativo sin obstrucción alguna. No obstante la carencia sigue siendo real, y si para hablar de liderazgo se hace inmediatamente necesario adjudicarle un adjetivo, señal de que la palabra en sí misma ya no expresa solamente una función positiva, por sí mismo hay que añadirle honesto, auténtico, leal, honrado, desinteresado, creativo, y un largo etcétera que revela por oposición el tipo de líderes que hemos tenido.

 

Ciertamente todo líder persigue un objetivo, en función de esa finalidad podemos clasificar todo liderazgo en cuatro categorías: el que solamente busca su propio interés: dinero, poder, autocomplacencia, prestigio, perpetuidad; el que busca el triunfo de una causa: política, cultural, social, educativa; el que busca el reconocimiento de una determinada verdad: científica, ideológica, religiosa, filosófica; el que se empeña en lograr un bien general para la mayor cantidad de personas por el tiempo más amplio que sea posible: salud, justicia, protección, recreación, sobrevivencia, progreso. Al primer tipo pertenecen todos los tiranos que en el mundo han sido y siguen siendo; los dictadores suelen conjugar el primero con el segundo tipo en proporciones variables, aunque a esta segunda categoría pertenecen en general los funcionarios públicos. Al tercer tipo pertenecen los divulgadores del saber, y al cuarto los estadistas. ¿Y los políticos mexicanos?

 

Por políticos mexicanos solemos entender a personas, hombres y mujeres, interesados en vivir de la administración pública, sin que ello los convierta necesariamente en tiranos o dictadores, mucho menos en estadistas. Guiados por los beneficios económicos y de prestigio que el cargo representa, se ponen en manos de la maquinaria partidista que los maneja a tenor de sus capacidades o de su sola apariencia, para que la tiranía del partido se mantenga. En este juego las múltiples causas o verdades, así como el bien general acaban siendo solamente mercadotecnia publicitaria.

 

Buena parte de nuestros políticos juegan entonces a ser líderes, ubicándose habitualmente en la primera categoría, la única que toman en serio, de ella se adueñan y hacen hasta lo imposible por perpetuarse en ese complejo mundo de trapecios estatales, municipales y federales. Seducidos por todo cuanto trae aparejado el poder y el dinero, no buscarán otra meta que mantenerse en el mando, por cuanto medio válido o invalido se les ofrezca, comenzando por la eliminación de los posibles y hasta imposibles oponentes; toda persona casada con el poder se vuelve más o menos paranoica. Este empeño incluye borrar los rastros de su pasado, faena que se ha vuelto cada vez más fácil, porque en realidad no han hecho nada, ni bueno ni malo, sólo mantenerse en el cargo obviando con impresionante estoicismo la crítica de sus opositores, entre los cuales debe figurar la sociedad entera, rehén de lo que acaso ella misma ha producido o por lo menos tolerado. No olvidemos que la decadencia y corrupción de los líderes provoca revoluciones.