ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los talibanes

28 de febrero de 2016

Habitualmente los identificamos con los musulmanes, pero obviamente los podemos encontrar bajo muchas otras coberturas.

Vargas Llosa los identifica como enemigos de las grandes conquistas sociales y políticas del mundo occidental, y desde luego le asiste la razón. Y sin embargo podemos pensar desde una postura liberal, que tienen derecho a ser y vivir como lo decidan, siempre y cuando no pretendan obligar a los demás a vivir y pensar como lo hacen ellos. No obstante, respetar su libertad no impide analizar su ideología a partir de su estilo de existencia.

Obligan a las mujeres a usar faldas largas, a cubrir su cuerpo del cuello a los pies, y en regiones más extremistas, desde la cabeza, para que no den tentación a los hombres, y porque las mujeres son consideradas por los talibanes, como su propiedad privada y personal.

En sus ceremonias, particularmente en África, al estilo de Boko Haram, todos gritan y lloran generando ambientes psicóticos, de desahogo emocional manipulado que luego confunden con experiencias sobrenaturales, en las cuales seguramente Alá no tiene nada qué ver.

Todo el tiempo están en pie de lucha contra las culturas que no se someten a la suya, llegando incluso a destruir violentamente grandes obras de la civilización humana, como las imágenes colosales de Buda que dinamitaron en Bamiyán, en el año 2001, porque “Dios prohíbe hacer imágenes y rendirles culto”, o como la salvaje destrucción del templo de Bel en Palmira apenas ocurrida el año pasado en Siria. Desde luego cuando el fundamentalismo religioso enceguece las mentalidades, ya no cuenta ni la civilización ni la cultura.

Algunos gobiernos han protegido a los talibanes, a cambio de votos en los regímenes democráticos o de sumisiones indignantes en las monarquías, pero el verdadero problema es cuando los talibanes llegan al gobierno y ya con el poder y el dinero imponen a tiros y troyanos el Corán como única ley, y hacen uso corrupto de su posición y de su influencia para agredir a cuantos no siguen sus creencias, hay que recordar aquí el movimiento de los “hermanos musulmanes” en Egipto.

Todavía los talibanes y su actual versión, Isis, no han incurrido en la tentación de convertir su religión en una empresa capitalista, controlada por una hegemonía de accionistas o de familiares, que hacen del proselitismo un asunto de agresiva mercadotecnia desdibujando la frontera entre la sana creencia y el afán de lucrar creyentes y carteras, y no han necesitado hacerlo porque ha sido muy constante entre los musulmanes el recurso a medios más rápidos y seguros, concretamente, el uso de la “guerra santa”, cuyo fin no es defender derechos conculcados, sino imponer sus creencias a golpe de cimitarra, habría que recordar cómo el islam se propagó en sus primeros cien años.

No es necesario insistir en un tema común, la distinción entre el Islam y los talibanes, o entre Islam y terrorismo, pues para toda persona sensata dicha distinción es permanente, pero sí conviene prevenirse a fin de que propuestas religiosas tan ricas y creativas no se desfiguren por la acción del fanatismo abierto o disimulado de sus sectas.