ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Macroerror

31 de mayo de 2009

Cuando se trata del Centro Histórico, el número de personas que pueden opinar al respecto crece de manera exponencial, pues son todavía muchas las personas que viven en él, y miles más las que diariamente trabajan ahí o deben cruzarlo.

 

Hasta donde es posible soñar, podríamos decir que tenemos a nuestro favor el hecho adicional y muy relevante de que todos los funcionarios del Ayuntamiento tapatío acuden diariamente al corazón mismo de nuestra ciudad. Pero opera en contra nuestra la capacidad que tenemos para acostumbrarnos incluso a lo peor, a lo por siempre establecido, o a la facilidad con que enumeramos todo un cúmulo de dificultades cuando se nos reta a pensar o proceder de manera distinta. Esta limitación la comparten frecuentemente los funcionarios públicos, pero elevada a la enésima potencia.

 

Esta situación explica que frente a las sumas millonarias que ha costado la rehabilitación, todavía en marcha, del Centro Histórico, haya estrategas del propio Ayuntamiento decididos a aplastar de manera aberrante el proyecto, haciendo pasar por las avenidas Alcalde y 16 de Septiembre una segunda línea del Macrobús. Si ya resulta discutible el que a los planeadores urbanos no se les ocurra otro camino para la dicha línea dos que usar la avenida Ávila Camacho, con mayor razón el que atenten atravesarla por el Centro. Igualmente aberrante es el interminable desfile de los pavorosos camiones urbanos que todo el tiempo atropellan y estrangulan el Centro Histórico por esas mismas arterias, realidad que por lo cotidiano nos parece ya normal.

 

Aunque parezca poco atento decirlo, no advertimos ingenio, disciplina y creatividad en los funcionarios a la hora de enfrentar los problemas. Efectivamente, Díaz Morales, Uruchurtu y Hausman, son personajes que se dan cada 100 o más años, pero que solamente prosperan si son respaldados por decisiones firmes de quienes ejercen la autoridad.

 

Mientras todavía tengamos algo de Centro Histórico para presumir, debemos aceptar la impostergable necesidad de su completo reordenamiento, favoreciendo con ese añorado ingenio la creación de circuitos o miniperiféricos que vayan desplazando el mayor número de vehículos en la medida que se aproximan a la cruz de plazas, que en principio debería quedar prácticamente cerrada.

 

El tráfico finalmente es como el agua, si se le cierra un conducto, encuentra otro de inmediato, corresponde a las autoridades favorecer con orden e inteligencia esas vías alternas, y por supuesto, hacer caminar a la gente, lejos de pretender que autos o camiones les vayan dejando justo en la puerta de su trabajo o domicilio.

 

Y que la solución de mediano y largo plazo sea precisamente un tren subterráneo de Zapopan a Tonalá, me parece fuera de toda duda, como ha quedado probado en cuantas ciudades del mundo se ha implementado. El argumento de que estaría sobrado o de que cuesta mucho, revela más bien los pocos alcances de los equipos de planeación y su más limitada visión de futuro, mucho más nos cuesta mantener un Congreso Legislativo que no representa otros intereses que no sean los de sus partidos.