ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Mariguana legal

29 de junio de 2014

A raíz de la legalización de la mariguana en Uruguay y en algunos estados de Norteamérica, se comenzó a hablar en México de esa posibilidad, incluso diversos intelectuales mexicanos confesaron haberla fumado o seguirla fumando, a lo cual añadían su voto favorable a la legalización. Otro tanto hacían políticos oportunistas de partidos con aspiraciones.

 

Cercanos físicamente a esos escenarios pero muy alejados por la diferencia de contextos, vagan por doquier adolescentes y jóvenes que también probaron alguna vez la mariguana y de ahí le siguieron hasta la total enajenación. Ellos no eran egresados de prestigiosas universidades donde la mariguana es “chic”, ni formaban parte de la casta intelectual cuyos miembros pueden posar en revistas de glamour carrujo en mano, tampoco estaban emparentados con los políticos que saturan los mejores restaurantes de Polanco para discutir los dividendos partidistas de la legalización.

 

Los mariguanos, tonzoleros, pastilleros, o aficionados al polvo blanco de los barrios y las periferias son centenares, pertenecen a familias de clases medias o de mínimos recursos, rebasadas, desintegradas y permanentemente deprimidas por tener un familiar adicto. Debía estudiar, pero ya no lo hace. Debía trabajar, pero no puede. Debía tener un futuro de progreso y superación, pero con trabajo puede decirse que tenga un presente y éste es terrible.

 

Al principio padres y madres velaban esperando el regreso del hijo drogadicto, que sabrá Dios dónde anda y con qué compañías; pleitos y reproches de todo tipo y grado eran el aditamento de todos los días, hasta que la persistencia del vicio derrotó la esperanza del cambio. En algún momento vendrán con la noticia de que lo agarraron robando, de que mató o lo mataron, de que apenas cumpliría veinte años y ya no sirve para nada.

Al otro lado de las periferias populares, en los perímetros de las clases altas, las cosas ocurren de distinta manera, ahí la mariguana es moda, también otras sustancias donde se busca la mejor calidad, pareciera que la educación y el dinero matizan tanto las conductas como sus consecuencias, qué mejor que legalizar ésta o aquella para evitar ciertos molestos inconvenientes a la hora de conseguir la respectiva dosis.

 

Estos consumidores sofisticados jamás han sabido que exista una colonia Jalisco o la Nuevo México, ignoran cómo se ve Guadalajara desde el Cerro del Cuatro, o qué sea una vivienda en condominios del Infonavit, Rancho Nuevo o Miravalle. En su vida habrán estado siquiera por 10 minutos en una vecindad, ni habrán visto el espectáculo que dan por el rumbo del Agua Azul los niños y adolescentes drogadictos, vestidos con andrajos, sin acceso a medios higiénicos, con embarazos a los 15 años que ocurren en ambientes promiscuos, al calor de la mariguana o del tonzol. Qué saben de todo esto Guadalupe Loaeza, Jorge Castañeda o sus similares.

 

Es evidente que un asunto como éste no puede dejarse solamente al oportunismo partidista, tanto las instituciones de salud como la sociedad en general, y no solamente la elite artística o intelectual, debe tomar parte en un debate donde se analicen tanto los alcances de la legalización como sus concretas consecuencias sociales.