ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Más leyendas urbanas

13 de julio de 2014

De un tiempo a esta parte el coloquial término de “chisme” pasó a llamarse “leyenda urbana”, ambos tienen en común el mismo concepto, un rumor que se expande sin comprobación, y que mucha gente acepta con tanta mayor vehemencia precisamente porque a nadie le consta. Que hubo un gobernador no tan lejano que se robó la maquinaria original del reloj del Palacio de Gobierno y las estatuas de las cuatro estaciones ubicadas en la Plaza de Armas, dicen que es leyenda urbana. Que hubo un Secretario de Estado en Jalisco que a los secuestradores los arrojaba desde avionetas militares sobre el Océano Pacífico, no es sugerencia, sino seguramente otra leyenda urbana.

 

También se afirma en nuestros días que numerosas plazas del gobierno estatal y de los gobiernos municipales se “alquilan” a quienes las ocupan en el sentido que se las otorgan a cambio de que los ilusos usufructuarios de las mismas entreguen a su benefactor un porcentaje de su salario mensual. Esto significaría que el alegre asignador de plazas roba tanto al empleado como al erario público. Tiene que ser una leyenda urbana de lo más inverosímil, ¿quién podría aceptar que algo así suceda cuando escucha los discursos bien cortados, contundentes y aseverativos del señor Presidente de la República en su lucha sostenida contra la corrupción en la administración pública? ¿Quién oyendo al Gobernador del Estado conminar e instruir a sus colaboradores para atajar sin reservas todo acto de simulación o bandidaje burocrático, podría aceptar semejante chisme? Admitir que sin embargo sucede sería admitir que a los gobernantes no les hacen caso ni sus íntimos colaboradores, o que los propios altos dirigentes saben del asunto y, o no lo pueden controlar, o simplemente lo aceptan.

 

Que un funcionario público reparta empleos y plazas a granel, con salarios de 30 o 50 mil pesos a cambio de que los recipiendarios le den la mitad es tanto como sí en la propia administración hubiese cárteles delincuenciales dedicados a la extorción y al chantaje con dinero cautivo que pertenece a la ciudadanía, como quien dice “cobrando piso”. Desde luego que el beneficiario de tanta generosidad partidista se somete, porque es mejor tener algo a seguir de desempleado, sobre todo si el cargo que se recibe consiste en hacer prácticamente nada; así la nómina crece, por lo común creando empleos innecesarios, se aumenta el gasto corriente, se agota el presupuesto, y para hacer obra pública se sigue pidiendo prestado. Afortunadamente debe tratarse de una leyenda urbana, de un chisme de resentidos, sea porque los despidieron o porque no les dieron lo que buscaban.

 

Ahora que tales acciones, si fueran ciertas, tendrían sus visos electorales. Desde los tiempos de Lucas Alamán, allá en las medianías del siglo XIX, se denunciaba la inflación descontrolada de la nómina burocrática para asegurar el voto de los favorecidos en cuanto comicios se presentara, y ya por tan lejanos entonces había quienes vendían los puestos, claro, era en una sola exhibición y no a cuenta de una esquilma quincenal.