ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Minorías aplastantes

21 de agosto de 2011

Ser parte de una minoría suele desarrollar un síndrome fantasioso: la sensación cultivada de ser los únicos y los mejores por el hecho evidente de ser los menos, o los que llegaron ayer. Vivir en medio de una mayoría que piensa y actúa en sentido opuesto los hace pensar que, en el desfile, solamente ellos llevan bien el paso. Si son la copia pirata de grupos, organizaciones o estructuras anteriores, dirán que son la versión reformada, resurgida, renovada y, por supuesto, definitiva de la entidad que piratean.

Cuando Marx sentenció que la sociedad humana evoluciona de manera dialéctica que esa evolución se modifica cuando triunfa el comunismo, es decir; “mi sistema” será el definitivo. Algo semejante afirmó Comte con su estática ley de los tres estadios, y lo mismo dijo tres siglos antes Martín Lutero, cuando declaró que su movimiento era el definitivo resurgimiento del auténtico cristianismo; desde luego, seis mil 500 nuevos resurgidores del cristianismo han dicho exactamente lo mismo desde entonces y, con ellos, todos los iluminados líderes de cualquier esfera social que se ostenta como mesías o héroes maravilla.

Eventualmente, las creencias, sobre todo políticas o religiosas, pueden generar y han generado luchas fratricidas con elevado costo para la humanidad. Aleccionados hasta donde es posible, los gobiernos particularmente democráticos y genuinamente laicos se esfuerzan en mantener el predominio del derecho, de las libertades, y del respeto a la pluralidad social.

España está siendo la excepción. Para sorpresa de todos, el Gobierno actual se ha dedicado sistemáticamente a sepultar la extraordinaria obra política desarrollada por Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos: hacer transitar a un país de la dictadura a la democracia, del resentimiento larvado a la reconciliación nacional y proyectiva. En contraparte, el gobierno de Zapatero ha hecho labor de zapa, resucitando rencores ya superados y dividiendo nuevamente a la sociedad, apostando a los radicalismos estériles y funestos. Los absurdos acontecimientos ocurridos en Madrid con motivo de la visita del Papa nos muestran ya lo que puede suceder cuando desde el mismo Gobierno se promueven el encono y la agresión a las creencias distintas. El arte de la democracia consiste en el respeto a los oponentes, ganen o pierdan, lo cual excluye los linchamientos a perpetuidad porque en tal o cual campaña, a favor de tal o cual reforma legal, éstos estuvieron en contra o a favor. Esta regla de oro no existe para el nuevo laicismo español: siguen siendo herederos de una guerra que se perdió en 1939 y que, de haberla ganado, la habrían perdido definitivamente con la final caída de la Unión Soviética.

Hoy serían algo igual o peor que los países del Este, subdesarrollados y embrutecidos por el comunismo redentor.

La enseñanza esencial para todos es que la Inquisición no debe volver jamás, ni en su versión religiosa ni en su versión laica.