ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Muchas formas de robar

14 de marzo de 2010

El gusto, codicia, envidia o deseo del bien ajeno y la imposibilidad real o ficticia de poderlo obtener por el propio esfuerzo hizo surgir en la comunidad humana el verbo robar, sea para significar una prohibición social o como mandato oculto e inconfesable de una conciencia distorsionada.

 

Respetar el derecho ajeno se constituyó así en uno de los principios más antiguos de la convivencia humana, misma que sigue destruyéndose cuando este principio se rompe.

 

Buena parte de las leyes y de las instituciones establecidas para hacerlas respetar, se abocan cada día para evitar o sancionar el robo. Lo mismo hace por su cuenta el ciudadano, sólo que en la medida que se dedica a cuidar exclusivamente lo propio olvidándose de coadyuvar a cuidar también lo ajeno, favorece ambientes y situaciones en que lo suyo propio peligra mucho más.

 

Hoy día vemos como se va afianzando por todas partes un ambiente en que la prohibición legal y moral de robar se ha ido relajando. Desde el momento en que una persona se puede quedar con un vuelto indebido, burlar el pago de un estacionómetro, alterar los recibos o medidores para el pago de servicios, se va creando una conciencia social en que robar se vuelve válido y justificable desde diversos razonamientos, incluyendo desde los montos más insignificantes hasta los más onerosos. Desde luego que el robo se va igualmente sofisticando, y en la administración del dinero público es donde con mayor frecuencia esta sofisticación se hace más evidente, hasta llegar al extremo de justificarlo por leyes que establecen lo que deben ganar los funcionarios públicos de acuerdo a parámetros que son simplemente inmorales, y por lo mismo constituyen un robo.

 

De la misma forma un deshonesto manejo de los presupuestos asignados a las instituciones públicas se convierte en robo cuando se emplea en asuntos tan vanos e inútiles como los viajes que tantos funcionarios hacen al extranjero, no a cerrar negocios, sino a ver qué posibilidades existan de que en un futuro posible puedan iniciarse para que, a la mejor, en un futuro más lejano se puedan cerrar. En este rubro entran las costosas caravanas para hermanar estados y ciudades con regiones tan distantes como Cachemira o Timbuctú, devolver visitas muy amable y obsequiosamente, o ir a explorar sin ningún trabajo previo, posibilidades en sabrá Dios qué región del mundo. Y así, mientras la mayor parte de los contribuyentes no tendrá en estas próximas vacaciones ni para pasarse dos días en Guayabitos, nuestros funcionarios andan proyectando viajes al otro extremo del planeta, desde luego, integrados por miembros de todos los partidos, para que nadie se queje, lo mismo quienes se desviven por salvar al pueblo, que los adalides de la moral y el cambio o las nuevas avanzadas reformistas del partido de siempre.