ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Noches de gloria

4 de diciembre de 2011

Ya en el siglo XIX el filósofo alemán Schiller había establecido dos tipos de religión, la superior, donde la creatura humana se sujeta a la voluntad de Dios, y la inferior, donde la creatura humana quiere poner a Dios a su servicio. Desde este punto de vista, el cristianismo sería la máxima expresión de  una religión superior, por lo mismo llama mucho la atención el que toda una estructura que se presenta como “cristiana” llegue a banalizar de tal modo la fe, promocionándola como se hace con los detergentes, armando espectáculos a la Taurus do Brasil.

“Venga por su milagro” sonó entonces como un eco del “buen fin”, una imagen burda de un dios baratero que se pone al alcance de cuanta necesidad pueda uno tener y la otorga por un mínimo precio, aunque luego vengan las mensualidades con muchos intereses que cobrarán los organizadores de la feria de los milagros. Los predicadores de las noches de gloria, todos de corte norteamericano, harán lo propio, con oratorias copiadas de los promocionales de compras telefónicas, los de “llame ya mismo”, “y si usted llama en los próximos treinta minutos llévese tres, oyó usted bien, llévese tres por el mismo precio…” todo dicho con su peculiar acento portorriqueño. Aplicar una mercadotecnia capitalista a la predicación del cristianismo no es una simple audacia o una ocurrencia, sino una total contradicción con la esencia de este noble y trascendental mensaje. Pero la tentación del espectáculo y de las emociones baratas no se detiene ante nada.

Desde luego que su mercado nicho son los jóvenes, ilusionados por que el buen Dios les aparece un peso para el camión si se lo piden con fe; no sabemos si el mismo método funciona si le piden un millón de dólares, o si para una tal suma se requiera de una fe equivalente.

Lamentablemente hoy día los jóvenes se han vuelto el mercado nicho para todo tipo de empresas, incluidas las delincuenciales, que los secuestran, los enganchan en la droga, los reclutan en sus filas, los asesinan para enviar mensajes al Gobierno, los hacen clientes de espectáculos degradantes, los incorporan a sectas fanáticas, los inducen a la prostitución, los vuelven adictos a los enervantes, les relativizan la vinculación familiar, les cambian los valores, los encadenan a las “marcas”, los evaden de la realidad por todo tipo de recursos tecnológicos, o los mandan a hacer manifestaciones universitarias para obtener más recursos, todo en una especie de aturdimiento en masa que destruye a quienes hasta hace poco eran la esperanza del país, ya por el solo hecho de constituir el mayor número de su población.

Desde luego cabe preguntarse dónde están las instituciones serias, de haberlas todavía en México, qué están haciendo y, sobre todo, qué tan efectiva y actual sea su acción ante esta degradación social que todo lo comercializa y acaba por destruirlo.