ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Norteamérica

9 de agosto de 2009

La máxima cercanía entre dos culturas históricas, importantes y distintas se da justamente en la frontera México – Estados Unidos. México, joya de la corona de uno de los más grandes imperios de la historia, el imperio español. Estados Unidos igual joya del imperio antagónico, Inglaterra, que luego de todo tipo de empeños, lícitos y sobre todo ilícitos, logró desplazar a España en el juego de la política y la economía mundiales, no sin culpa de lo españoles, demasiado confiados en la posición alcanzada.

 

Noticias de corsarios ingleses o de colonos norteamericanos que incursionaban en las costas de la Nueva España hay pocas, en realidad, los ciudadanos norteamericanos descubrieron México a partir de la independencia, sea por la presencia de sus embajadores, sobre todo, comerciales, que con motivo de las diversas invasiones de que fuimos objeto por parte de sus ambiciones. Ni duda cabe que con motivo de tales “venidas”, los vecinos del norte advirtieron la magnificencia de ciudades como Puebla, México o Valladolid, que por aquellos años Estados Unidos estaba aún muy lejos de poseer. Por esos mismos años, diversos mexicanos descubrieron Estados Unidos, y advirtieron formas de organización novedosas, despuntes industriales, leyes deslumbrantes, que completaron el cuadro de una mutua cuanta falaz fascinación. Conocemos la historia azarosa de las relaciones entre ambos países, y sobre todo la larga historia de sus mutuas incomprensiones.

 

La experiencia reciente tiene pocos años, la culminó el presidente Carlos Salinas de Gortari, cuando por medio del TLC unió los destinos económicos, políticos y sociales de México, a los de Estados Unidos, luego de una batalla permanente por mantener un equilibrio siempre oscilante entre colaboración y sumisión, atracción y rechazo. Cabe mencionar que la relación cultural se había adelantado a dicho tratado, por el imperio de la industria del espectáculo sobre las nuevas generaciones mexicanas, y en particular, por las nuevas tecnologías de la comunicación.

 

El TLC ha traído múltiples ventajas no suficientemente analizadas, pero también es cierto que los costos, sobre todo sociales, han sido igualmente enormes. A diferencia de los países que se incorporan a la Unión Europea, los países que se han incorporado a tratados de libre comercio con Estados Unidos no han probado los mismos beneficios sociales y estructurales que se dan en Europa. La Unión Europea sigue una política económica de crecimiento compartido, con desarrollo social de amplio alcance, lo cual permite que las naciones que se van integrando a este modelo, experimenten una gran prosperidad, no reducida a las élites; el modelo norteamericano pareciera orientado permanentemente a garantizarse beneficios cupulares, que redundan, en diversa escala, en beneficio para la entera sociedad norteamericana, razón por la cual, sigue siendo más atrayente irse a trabajar “al otro lado”, que aguardar aquí, pacientemente, las ventajas siempre pospuestas de ser un país miembro del TLC.

 

Desde luego son innumerables las causas que explican esta patente limitación, en uno y otro lado, prolongando el mismo esquema de relación entre ambos países, pero vale recordar que siempre será mejor ser cabeza de ratón, que cola de león.