ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Noventa días

8 de abril de 2012

Esta vez el inicio de las campañas electorales tanto federales como estatales en diversos estados del país, coincidieron con el viernes de Dolores y el comienzo de la Semana Santa. Todo parece indicar entonces que la Semana Santa mexicana se va a prolongar por más tiempo que el que duran los 50 días de la Pascua. No se trata de una observación trivial.

 

La Semana Santa es un repaso de la serie de hechos sociales, políticos y religiosos que llevaron a Cristo al Calvario. Para muchos de los protagonistas lo que estaba en juego era la conservación del poder, del dominio sobre el pueblo, de la persistencia de estructuras que garantizaran tanto la estabilidad de Israel, como el dominio del imperio romano. Deshacerse de Jesús y asegurarse de que se callará para siempre, exigía eliminarlo y hasta poner guardias a las puertas de su  tumba, no fuera a ser que de veras resucitara.

 

Quisiéramos pensar que en México las campañas electorales se estuviesen desarrollando entre los mejores, para que la sociedad mexicana obtuviese de igual manera los mejores beneficios. Sería penoso que se tratara de la lucha de los peores para impedir que llegue quien mejor haría las cosas, y definitivamente sería suicida si se tratara del combate de los menos aptos para ver quién, a pesar de todo, se queda con el poder.

 

La noche anterior al Viernes Santo de aquellos años fueron muchos los que no durmieron, no por la pena que les causaba ver preso y en manos de la inicua justicia humana a Jesús, sino por el gran movimiento que esta aprensión suscitó entre los poderosos de este mundo. Herodes, Anás, Caifás, Pilatos, miraban crecer la turbulencia de las pasiones, de la guerra sucia entre los partidarios de uno o de otro grupo, temían por su posición, se revolvían en sus asientos, rápidamente circularon informaciones, afloraron los espías, Judea no era una tierra fácil para el imperio.

 

Acabaron haciendo alianzas; los partidarios de grupos antagónicos se vieron forzados a unir empeños para eliminar al profeta, a Jesús de Nazaret, a quién acusaban de aspiraciones políticas de alto nivel.

 

El Jesús de nuestro país es la misma sociedad, que anda siempre de Herodes a Pilatos en busca de justicia, de honestidad, de equidad económica. Una sociedad hastiada de la dramaturgia electoral, traspasada por la impunidad de todos los días que a pesar de vivir en una democracia, no tiene la capacidad de despedir a los funcionarios ineptos o corruptos, una sociedad despreciada por aquellas instituciones que nacieron para defender sus derechos, concretamente las diputaciones, y que hace tanto tiempo dejaron de representar a la gente para representarse a sí mismos y a sus promotores.

 

Para alegría de todos y fortaleza de la esperanza, Jesús resucitó al tercer día. De nada sirvieron las precauciones tomadas al calor de los odios invencibles, la resurrección fortaleció a los creyentes y los lanzó por el mundo con la misión de transformar el mundo, pero sabiendo que en este esfuerzo habrían de pasar por el mismo camino de Cristo, también por sus mismas tentaciones, en ocasiones reproduciendo el adormilamiento de los apóstoles en el Huerto de los Olivos, pero como Pedro, siempre dispuestos a reconocer los errores y a corregir el rumbo.