ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Nuestro Hanami

8 de marzo de 2015

Hanami es el título que los japoneses dan a una costumbre ancestral, contemplar los cerezos florecidos. Aunque las fechas varían según el comportamiento de la naturaleza, es en la segunda quincena de marzo cuando en Japón, iniciando por Okinawa, florecen estos admirables árboles. Durante 10 días aquella lejana sociedad organiza partidas de amigos y familiares que van en busca de este fenómeno natural, contemplar esa explosión de vida, color y perfume, comentar las sensaciones que produce, intentar retener ese fugaz momento y convivir en agradables días de campo.

 

Con el pasar de los siglos los japoneses han desarrollado una especial sensibilidad ante el Hanami. Distinguen las texturas, los múltiples matices de los colores y de los aromas, para luego referir este verdadero festival de la vida a lo largo de toda su literatura y dejarnos sorprendidos. Siendo una cultura tan práctica e ingeniosa, tan dedicada al trabajo y a la productividad, no han perdido su capacidad de admiración y asombro frente a los milagros anuales de la naturaleza, saben detenerse y contemplar, saben sentir y comulgar con la belleza más original de todas, la que nos ofrece el consorcio entre la tierra y sus estaciones.

 

Si nosotros tuviésemos o nos permitiésemos tener esa misma sensibilidad, tendríamos también un escenario ideal para nuestro propio Hanami, la floración anual de las Primaveras que desarrollan su benéfica existencia a lo largo de muchas de nuestras contaminadas calles y avenidas, extendiendo sombrillas amarillas, de la más fina filigrana, sobre nuestro agitado espacio.

 

Son las Primaveras síntesis de la Ley y los Profetas, los cuatro Evangelios caben en uno solo de sus capullos, explosión inaudita de vida son también la prueba más contundente del histórico big bang que desencadenó la colosal hermosura del universo. En el momento mismo en que la naturaleza decreta sin ambages el declive del invierno, miles de chispas radiantes brotan de sus ramas y se quedan ahí, suspendidas, exhibiendo el amarillo imperial intenso de su abrumadora floración; troncos desnudos son el asta de sus espléndidos pendones, proyectados como el más fino bordado sobre la infinita seda azul del firmamento; sentencia anual de la naturaleza pródiga que devuelve a la ciudad convertida en nutridos ramilletes, la perversa contaminación de que nosotros la rodeamos, aderezos áureos que titilan con la brisa de la tarde. Al conjuro de la aurora surgen, como surgió el universo al mandato inmemorial del Creador, y de la noche a la mañana nos sorprende su aparición envolvente, expresión vivaz de la más fina florería. De la noche a la mañana se irán a traer las aguas por el camino viejo de Zapopan, dejando en nuestra memoria la garantía que hace respetables sus añosos troncos, pues bastaría verlas un solo día para esperar de nuevo su resurrección a lo largo de todo el año.

 

Pero no se ha hecho la miel para todo el mundo, y así es penoso advertir cómo peatones y automovilistas pasan sin ver, afanados por llegar a donde van, sin otro afán que estar ya donde todavía no están, y por lo mismo ignorando espectáculos tan admirables como éste.