ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Otra vez los santos reyes

23 de febrero de 2014

Con motivo del vigésimo aniversario de la firma del TLC los representantes del Poder Ejecutivo de Canadá, Estados Unidos y México tuvieron una reunión de mucha altura en la ciudad de Toluca.

 

A diferencia de los reyes magos del relato evangélico, estos monarcas de hoy arribaron como si fueran el mismo Herodes. Aviones presidenciales, limusinas, escoltas, parálisis y casi vaciamiento de la capital estatal más alta del país.

 

Seguramente no se trataba de una conmemoración, no por nuestra parte, ya que luego de veinte años de TLC los beneficios sociales no son percibidos; si bien la moneda se ha estabilizado, el poder adquisitivo no crece, y sí han aumentado los márgenes de la pobreza en este país. Canadá por su parte impuso unilateralmente la obligatoriedad de visa a los ciudadanos mexicanos, mientras Estados Unidos ha seguido vetando productos mexicanos periódicamente y por largos periodos de tiempo, y por productos entiéndase mercancías, transportistas, y desde luego, mano de obra una y otra vez deportada, situación que indirectamente ha contribuido al incremento y mejor organización de la delincuencia en México, alimentada a fuerzas o de ganas lo mismo por nacionales que por otros migrantes centro y sudamericanos.

 

Pero en esos veinte años lo mismo se fortalecieron algunos consorcios económicos nacionales, que se enriquecieron “legítimamente” una larga fila de políticos que medraron con las oportunidades, ellos y sus parientes, luego exonerados de toda mancha de culpa cuando eventualmente fueron enjuiciados; uno que otro no podía explicar cómo en seis años había ganado 223 millones de pesos.

 

El TLC sujetó a México a la nueva economía de mercado, capitalista y neoliberal. Atrás quedaba la demagogia socialista de los presidentes de izquierda; en el nuevo baile global había que participar sin máscaras, apostarle a la acumulación en pocas manos de tierras, herramientas de la producción, recursos energéticos, información y dinero líquido, apostarle también a un nuevo estilo de gobierno donde las doctrinas políticas se volvían quimeras pasado, había que despertar al mundo real, competitivo, pragmático, el mundo del dinero y del poder para adquirirlo y conservarlo.

 

En estos veinte años la educación práctica mostró a los jóvenes que los grandes ideales debían sucumbir a los grandes intereses; que éstos posibilitaban un presente inmediato de placer y bienestar que podía prolongarse en la medida que se siguiera produciendo y consumiendo. Contemporáneamente la violencia social fue creciendo hasta los niveles que conocemos hoy, mientras Canadá y Estados Unidos hacían recomendaciones a sus ciudadanos sobre los peligros de venir a este país.

 

Del modo que sea, los señores presidentes se volvieron a reunir, pero nomás México llevaba su cartita al Niño Dios, con el certificado de buena conducta: las reformas; los otros mandatarios parece que vinieron sólo a pasearse una horas por la entrada a Sudamérica. Como de costumbre México ofreció el oro, Canadá la mirra untuosa del discurso político, y Estados Unidos el incienso, es decir, humo perfumado.

 

Claro que la fiesta de reyes tuvo su costo, pero somos ricos, podemos pagar ésta y muchas más.