ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

País de migrantes

6 de marzo de 2011

Si el padre fue albañil, el hijo será electricista y el nieto profesionista, es así como siempre se ha dado el progreso a partir del trabajo más duro. Pero esto que ocurre a nivel de individuos y de trabajos honestos, parece que ocurre también a nivel de sociedades y de trabajos no tan honestos.

 

Cuando la televisión en blanco y negro se ensangrentaba de gris con la famosa serie de “Los Intocables” el mensaje era claro: los malos son siempre los migrantes, mientras que los buenos son los que ya están aquí, los que llegaron primero, los que hicieron lo mismo pero hace ya tanto tiempo, que la descendencia ha podido finalmente blanquearse, y dejar este tipo de oficios a los recién llegados. Si el padre fue inmigrante bandido, el  hijo será ya ciudadano, y el nieto paladín de la justicia, dedicado a perseguir a inmigrantes bandidos.

 

En el vecino país del Norte se han estado haciendo cacerías masivas de malandrines, nos informan, de un año a la fecha. Pandillas, bandas y mafias integradas por cientos de personas dedicadas a todo tipo de tareas delictivas;  por mucho tiempo los habían dejado crecer y multiplicarse, hasta que las circunstancias hicieron aconsejable dar un golpe de fuerza, acaso un aviso. Desde luego y como cabía esperar los arrestados son en su aplastante mayoría latinos, asiáticos y africanos, tal vez haya por ahí uno que otro migrante de la Europa del Este, ruso o rumano, pero que se sepa, ningún genuino norteamericano, probando una vez más que los malos son siempre los otros, los que tienen que abandonar su país para ver si pueden vivir siquiera un poco al estilo en que viven sus explotadores, se dediquen a trabajos honrados o se asocien a la delincuencia del país al que llegan.

 

México ha exportado a Estados Unidos trabajadores de cualquier rubro desde hace más de un siglo, sea porque de allá mismo los requerían, sea porque acá el país carecía de oportunidades para ellos. A la mayoría les fue bien y por tanto también a los parientes que dejaban en este suelo, muchos se quedaron allá, otros volvieron a poner negocios, y otros más frustrados en su intento o incapaces de trabajar al ritmo que se requería, ingresaron por los caminos sinuosos de la delincuencia norteamericana, pagada y sostenida en lo que hace al narcotráfico, por el consumo irrenunciable de estupefacientes por parte de no pocos miembros de aquella noble, trabajadora y ética sociedad, precisamente para que siga siendo por lo menos igual de trabajadora y divertida. Como dijera un sabio vagabundo, lo que en los ricos es dieta en los pobres es borrachera.

 

Ojalá hubiese menos condenas y juicios racistas, y más trabajo en común entre ambos países, pues ambos se han mutuamente beneficiado a lo largo de su historia.