ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Paradoja de Navidad

19 de diciembre de 2010

Hallar una aguja en un pajar es tan difícil como encontrar a un niño recién nacido en medio de la estampida humana y comercial que produce el tiempo de la Navidad. En el relato histórico del nacimiento de Cristo que aparece en los Evangelios, había también tanta gente que iba y venía por aquello del censo, tanta saturación en el pueblo de Belén, tanta gente hablando, gritando, saludando, buscando albergue, comprando y vendiendo, quizás protestando o quejándose de la carestía o de los embotellamientos humanos, que prácticamente nadie se dio cuenta de que en medio de aquel ajetreo descomunal había nacido un niño nada común.

 

Ciertamente en ocasiones “el follaje no nos permite ver el bosque”. La fiesta de la Navidad se ha vuelto tan deslumbrante y abrumadora que en medio de tantas voces, ofertas, luces, colores y ansiedades, la atmósfera de serenidad y calidez que produce el Príncipe de la paz, pasa desapercibida. El texto de san Lucas refiere que Jesús nació en un establo porque no hubo sitio para ellos en el mesón; tampoco hay sitio para Jesús en el mundo de hoy, particularmente en un mundo donde la gente vale por las marcas que exhibe en ropas, accesorios, autos y lociones, por los destinos turísticos a donde vacaciona, los nombres de restaurantes que frecuenta, los cotos residenciales en los que vive o los niveles de gente con los que trata, nada qué ver con un par de aldeanos que velan en un establo a un niño recostado en un pesebre, en una población que de no haber sido porque allí nació Jesús, seguiría siendo tan desconocida como lo era entonces.

 

Nuestra ciudad es hoy día parte de ese mundo hueco, cada vez más hirientemente estratificado, asediado por sociedades emergentes carentes de sensibilidad social y humanitaria, donde los hospitales privados se asemejan a hoteles de gran turismo, mientras los hospitales públicos exhiben su precariedad y hacinamiento, donde los cinturones de miseria convocan todos los males, y los pobres son convertidos en delincuentes para justificar su exterminio, donde los grupos de poder siguen defendiendo sus fueros aun si para ello deben hacer de los estudiantes, desde luego pobres, carne de cañón de protestas y manifestaciones, a las que han de asistir bajo amenaza.

 

No obstante las limitaciones de esta realidad, la familia, como en Belén, sigue siendo  el último reducto para la vivencia de los auténticos valores de la Navidad, quizás la única noche en que al menos por unos minutos, los jóvenes aceptan de buena gana quitarse los audífonos y encontrarse con los cercanos, con su familia a la que diariamente ven, pero con la cual no hablan porque tampoco la oyen. Encontrarnos de persona a persona, porque es Navidad, será seguramente el mejor regalo que nos podamos hacer, particularmente si el mediador de este encuentro es el Príncipe de la paz.