ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Peatonalización obsesiva

8 de mayo de 2016

Había una vez una ciudad caótica que se llamaba Guardalacara. Desde que seres extraterrestres dieron con abundancia de agua, aquella apacible ciudad creció al infinito gracias a un equipo de expertos en convertir las tierras fértiles en fraccionamientos, los bosques en cotos residenciales, y las fuentes de agua en industrias de cuanto género fue posible contratar. Todos estos agentes del progreso eran seguidores de una extraña religión basada en el azar, cuyo ritual más común consistía justamente en hacer cientos de planes, aventarlos al cielo y ejecutar solamente aquellos que cayeran boca abajo.

 

Muy pronto se unieron al equipo planificador los miembros de una secta muy selecta, egresada de las más elevadas universidades, con impresionantes postgrados obtenidos en otras aún más elevadas universidades, de países igualmente mucho más elevados; se presentaban como “expertos” urbanistas, decididos con todo el ímpetu de su edad y títulos a aplicar en Guardalacara sus sabias e incomparables tesis.

 

Este gran equipo solía tener por las noches sus sesiones de meditación profunda, tántrica, bajo la guía de un gurú cuyo trabajo consistía en decir a sus adeptos: cierren sus ojos, imaginen la mejor y más hermosa y viable ciudad que hayan conocido, elijan aquellos aspectos que más impresionaron su alma sensible, y ahora juren por todos los dioses que los aplicarán, así, a ojos cerrados, en Guardalacara. Y aquellos feligreses imaginaban Boston, Colonia, Osaka, Ginebra, Ottawa, las ciudades-bosque de Alemania, y cosas por el estilo, elegían lo impactante y al día siguiente ya estaban presentando un nuevo plan urbano para la sufrida Guardalacara, que después de tantos y tantos “implantes” ya parecía la versión empeorada de Frankenstein.

En una hermosa mañana, el trance les llevó a contemplar el espectáculo repulsivo del tráfico vehicular frente a la apacible vialidad del centro histórico de Oslo; en rápida sucesión de iluminaciones relampagueantes apareció en sus mentes la solución final: peatonalizar, desalentar el uso del auto, ciclovías para llegar sudado al lugar de trabajo, a menos que seas jefe y tengas allí tu baño privado, apostar al transporte público que ahora sí te permitirá viajar sentado sin tener que llevar encima cuatro prójimos, serenar el tráfico arruinando vialidades, convertir las avenidas en zonas verdes, ¡qué belleza!

 

Fieles a sus rituales impusieron sus planes, como siempre a ojos cerrados, ignorando los efectos que ya había producido el macrobús en la Calzada Independencia, que dicho sea de paso, los planeadores jamás utilizaban, pero aconsejaron añadirle primorosos jardines horizontales que nadie usa. No obstante, sus colegas y muy amigos, seguían vendiendo autos al por mayor, a bajos precios, cómodas mensualidades, nuevos, usados y muy usados, en tanto el transporte público seguía triunfando sobre ciudadanos y gobernadores, tratando a sus usuarios como ganado, correteando por calles y avenidas, subiendo y bajando a criterio del chofer.

 

Guardalacara se vio así sometida al lecho de Procusto, por un lado no tiene la ciudadanía más remedio que acudir al auto, pero los planeadores están empeñados en reducir las vialidades, los demás han de exponerse al uso de camiones tal y como siguen, pero también los camiones con vialidades cada vez peores ¿Qué no podrían los dichos expertos, con todos sus títulos, desarrollar un pensamiento más realista e integral?