ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Pensar y hablar

31 de mayo de 2015

No hay honestidad mayor que hablar de acuerdo a lo que realmente se piensa, pero entre lo que pensamos y lo que hablamos se atraviesa con frecuencia toda una infinita serie de cálculos que relativiza el principio y nos vuelve deshonestos.

 

Por su función pública son dos los gremios que con mayor facilidad se inclinan a esta falta de coordinación entre lo que se piensa y lo que se dice, el de los líderes políticos y el de los líderes religiosos. ¿Se pueden usar malas palabras en la predicación? La respuesta es no. ¿Pero sí se pueden usar fuera de la predicación?

 

La idiosincrasia mexicana arrastra desde luego muchas posturas mentales atávicas: el desprecio a los indígenas, a las personas de color obscuro, a los grupos sociales económicamente marginados, a las personas de baja capacidad intelectual, a los que piensan o creen distinto a nosotros, incluso a quienes padecen limitaciones físicas, de ahí el sin fin de motes y sinónimos para referirse a ellos: indio pata rajada, prieto, pobretón, sonso, chueco, biscorneto; o en plural: indiada, perrada, negrerío, pajonada, etc. Pero también y con particular encono se desprecia, desde luego a sus espaldas, al jefe, al superior, al poderoso, al rico, al oponente, al disidente, al que reclama o denuncia, al que solicita un servicio. Si es pobre pensarán: “ahí viene ese muerto de hambre”; si es de la clase alta pensarán: ese es el “viejo ricachón”, para luego dirigirse a ellos con las más comedidas y atentas expresiones de admiración y afecto, sobre todo si se trata del “viejo ricachón”.

 

El atávico desprecio a la mujer queda atestiguado por la forma y el tono con que se puede pronunciar la palabra “vieja”,  “vieja miserable”, “vieja copetona”, o “diablo de vieja pedigüeña”, sin mencionar otros adjetivos de mayor sonoridad.

 

Causa posible de esta doblez nace del complejo de inferioridad-superioridad, o de la permanente sensación de carencia-dependencia. Adular por interés o temor, despreciar por sentirse arriba o superiormente distinto, al final todo es expresión de una personalidad endeble, precaria, inmadura, subdesarrollada, aunque se vista bien y en público sea de lo más comedido.

 

No obstante, todo funciona bien en la medida que nadie sabe lo que pienso hasta el feliz momento en que ya relajado, fuera de micrófonos y reflectores, me explayo ante los íntimos diciendo lo que realmente pasa por mi mente; ese es otro mundo, el mundo feliz en que puede el mexicano expresarse sin tapujos hasta que lo sorprende una grabación y se ve y se oye en la tele diciendo lo que siempre ha pensado pero nunca había dicho sino en privado.

 

Cualquier disculpa, explicación, reiteración de permanente respeto, sale sobrando, ¿Quién le puede creer, si ya demostró que no habla de acuerdo a lo que piensa? Allá en sus adentros se estará diciendo justo lo contrario, maldiciendo a la perrada, indiada, o negrerío causante de su infortunio, o al vayan a saber ustedes hijo de qué o de quién que lo grabó y lo sacó a la realidad mediática, eso sí, respetando el derecho de todos con las más cuidadas frases.