ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Pervertir el sistema

18 de diciembre de 2016

Estamos tan acostumbrados a despertar que no nos percatamos de la maravilla que eso significa. Cuando nos dormimos confiamos por completo el cuidado de nuestra vida a la vida misma, la cual trabaja orgánicamente todo el tiempo, de manera incesante, con total responsabilidad, para que durante la noche todo siga funcionando bien y así, podamos de nuevo despertar.

 

Sin duda el organismo humano es un arte de la más sofisticada ingeniería, un conjunto de sistemas que deben de trabajar armónicamente, y lo hacen, a fin de que el cuerpo siga produciendo, distribuyendo y aprovechando la energía que se requiere para las múltiples acciones, interiores y exteriores, que las personas realizan.

 

Cuando esta armonía se pierde es señal y aviso de que algo se ha dañado, y desde luego que todo el cuerpo, como verdadero sistema que es, busca la manera de reaccionar, de sanar y recuperarse aún sin la ayuda de la ciencia. Eventualmente un daño mayor puede dificultar cualquier esfuerzo del organismo, y la conjunción de muchos daños sucesivos puede destruir por completo el sistema a pesar de las posibilidades naturales que para repararse tiene, o de los esfuerzos de la medicina.

 

A ejemplo del cuerpo humano la sociedad se organiza en un conjunto de sistemas con el mismo objetivo, producir, proteger, cultivar y desarrollar la vida. Tiene también la sociedad sus propios mecanismos de auto reparación, así como muchos otros recursos externos creados ex profeso para reconstruirla cuando se daña.

El instinto de sobrevivencia, el instinto de conservación de la especie, la vocación natural a vivir en comunidad, la respuesta rápida, incluso irreflexiva, para ayudar a quien se cae, son apenas unos signos de esta realidad, sólidamente sostenida por estructuras valorales, de origen interno y externo, que han de asumirse de manera profunda y contundente. Son parte del sistema, del organismo social, de su dinámica fundamental.

 

Pero de tiempo en tiempo el sistema se desvía, se daña, se altera y las cosas comienzan a ir mal, el hombre y la sociedad involucionan, se debilita la estructura valoral, devolviendo a la humanidad a estadios primitivos de conducta, a los usos de los clanes caníbales que con trabajo logran no comerse entre ellos mismos.

 

El sistema social mexicano es un ejemplo hoy día de esta involución cada vez más acelerada, cuyo daño y deterioro comenzó hace algunas décadas y que ha tenido en la clase política su más alto representante, su genio maligno, de la mano con una industria inusitada del espectáculo orientado justo a la denigración de la persona y de la sociedad, de sus valores y creencias, es decir, de todo aquello que se había construido en favor de la vida y que hoy pone en solfa la posibilidad de seguir viviendo no sólo para miles de mexicanos, sino para la sociedad misma como tal.

 

Que el estado mexicano sea hoy un experimento fallido de la postmodernidad no es sino el inicio del daño y la causa predominante de los daños mayores que vivimos. Por lo mismo nuestro despertar cotidiano es difícil, muchas veces no otra cosa que el recuento de los nuevos males y la angustia de no saber si podremos llegar al día siguiente, mientras los corruptores de nuestro sistema se siguen repartiendo la riqueza de la nación en sueldos, aguinaldos, primas vacacionales, paquetes navideños y lo que se junte.