ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Petróleo argentino

22 de abril de 2012

A primera vista la crítica que hace el Presidente Felipe Calderón a la expropiación petrolera en Argentina pareciera un contrasentido, sobre todo si recordamos que en México tuvimos y celebramos por años y años la expropiación que realizó Lázaro Cárdenas un 18 de marzo de 1938, apoyándose, como seguramente lo hace Argentina, en la Constitución nacional. En efecto, tanto el artículo 27, como la ley de expropiación de 1936, avalaban la medida del presidente Cárdenas, y aunque de momento, los países afectados, sobre todo Inglaterra, impusieron sanciones, el estallido de la Segunda Guerra Mundial las dejó en el olvido.

 

Otro estallido más colosal, el de la globalización económica, debería haber dejado en el olvido el tema de las expropiaciones a empresas extranjeras que invierten en tales o cuales países de acuerdo a nuevas reglas del juego económico, que los países aceptan. Desde esta óptica la crítica de Calderón resulta más coherente, toda vez que nuestro Presidente se ha empeñado a lo largo de su sexenio en sostener, difundir y defender el libre comercio con todas sus consecuencias, sujetándose en este empeño a la política económica inaugurada por el presidente Carlos Salinas de Gortari, luego de los desastres que sobre este mismo tema habían provocado los gobiernos trágicos de Echeverría y López Portillo, empeñados en sostener e imponer una economía de Estado.

 

Ciertamente cabría preguntarse si las empresas inversoras se informan acerca de los marcos legales de los países donde invierten, si en los acuerdos previos se incluyen cláusulas que protejan sus intereses ante algún arrebato inesperado de la soberanía nacional, o si los mismos gobiernos que aceptan estas colosales inversiones, lo hacen en marcos de ganar-ganar, o simplemente se doblegan ante la prepotencia europea o norteamericana, de la cual ya se quejó el presidente uruguayo, como corresponde a todo mandatario del cono Sur, siempre solidario con los pueblos latinoamericanos “en las verdes y en las maduras”, como él mismo lo dijo.

 

Tanto el libre comercio como el derecho a la expropiación sea o no en beneficio del proteccionismo económico, tienen sus bemoles. Por principio de cuentas, antes de rasgarnos las vestiduras ante el “neocolonialismo” español, o ufanarnos de nuestra precocidad expropiatoria, deberíamos analizar cuáles fueron los resultados que finalmente obtuvimos de aquellos dichosos años, en que el pueblo regalaba al gobierno hasta sus gallinas para pagar el costo de la expropiación. 73 años después no podemos presumir a Pemex, ni mucho menos afirmar que desde entonces el petróleo es nuestro, porque a fin de cuentas lo pagamos muy caro cuando nos lo venden convertido en gasolina. Ni siquiera podríamos vender “nuestra” industria petrolera, porque sus niveles de productividad, el anquilosamiento de su infraestructura y el terrible pilón de su sindicato la hacen incomprable. Por lo mismo antes de lanzar opiniones emotivas, condenatorias o absolutorias, deberíamos avanzar a los argentinos algo de nuestras pasadas experiencias que ya bastarían para que nos compusieran un buen tango.

 

Lo que parece claro es que o todavía no entendemos las nuevas reglas del juego, y aún así le entramos, o las aceptamos con la oculta intención de luego contravenirlas para alcanzar popularidad.