ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Plaza Ciudadela

7 de julio de 2013

El lugar no tiene nada que ver, absolutamente, con los sucesos lamentables que ahí comenzaron. Tampoco son los únicos casos, mientras estas golpeadas familias procedían al sepelio de sus hijos, eran halladas siete cabezas humanas tiradas en una carretera de Jalisco. Sin embargo el caso de la Ciudadela fue bastante publicitado por la pronta reacción de los familiares y de las redes sociales que presionaron una investigación bastante enérgica no privada de contradicciones. De la hipótesis del secuestro se pasó a la del enganche o aún, la trata, y finalmente a la del “bullying”.

 

Aclarada la desaparición de estos jóvenes de la peor manera, es decir, por la localización de los cadáveres, las redes sociales entraron de nuevo en escena; pero su ámbito es plural y variado, es la versión cibernética de la vía pública donde lo mismo se camina que se conversa o se escupe, todo dependerá de quien la transite. Entre estos usuarios hubo quienes pronunciaron ya la sentencia prohibida: “se lo merecían”. Nadie merece la muerte cualquiera haya sido su falta, no en este país que suprimió la pena de muerte desde hace ya muchos años, por más que siga habiendo personas que se arrogan el derecho de quitar la vida a los demás. Pero si estos adolescentes “merecían” morir, entonces hemos vuelto a la ley de la selva, de la justicia sumaria, de la anarquía que premia o castiga a su antojo con las penas más graves los delitos menores y con los premios mayores las acciones menos relevantes. Decir que se lo merecían es además dar y reconocer autoridad para matar a quienes los mataron; desde luego los delincuentes no necesitan de que su poder sea reconocido, lo ejercen de cualquier manera, sobre todo en un país donde la impunidad es lo cotidiano, pero el que haya personas que justifican ese tipo de acciones acaba siendo todavía más alarmante que el hecho mismo de la delincuencia.

 

Independientemente de este penoso suceso, todo mundo, en especial la gente joven, debería tener en cuenta que hay tres puertas falsas que a cada momento les vienen a la mente y que en realidad son salidas tapiadas, inexistentes: que se puede consumir droga y dejarla sin mayor problema; que se puede vender droga y dejarlo de hacer cuando se quiera; que se puede defraudar a la mafia y salirse con la suya. También habría que añadir, a tenor del caso tratado, que en una sociedad paranoica y neurótica, que ha perdido incluso los valores más elementales de la convivencia humana, hasta la burla más simple puede traer consecuencias fatales, como ocurre ya a propósito de incidentes de tráfico o mala vecindad.

 

Seguramente a las generaciones que conducen el mundo de hoy les ha faltado capacidad para mostrar una forma y estilo de existencia donde el valor más alto es la vida misma, y no el disfrute momentáneo de todo lo que el mundo consumista ofrece, más que el momento, la posibilidad de desarrollarse a largo plazo en un proyecto en que se aprende a disfrutar de la existencia en todas sus etapas y con una plena libertad respecto a las posesiones, a las apariencias, al estatus, al dominio o a cualquier tipo de adicción. Los tiempos que corren exigen una toma de conciencia y de acción que nos involucre a todos.