ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Política platónica

16 de noviembre de 2014

No pretendo hablar de políticas ideales e inalcanzables como podría suponerse, sino más bien recordar algunos conceptos que el filósofo griego Platón analizó y propuso en su momento.

 

Su momento era la pervivencia en Atenas de una política en manos de los sofistas, es decir, aquellos que se preparaban para el ejercicio de la política no desde el campo de la correcta administración de la cosa pública, sino desde el arte de convencer, persuadir y aún seducir con el manejo del discurso. Denunciar que eso no era política ya le había causado a Sócrates sentencia de muerte.

 

Platón, luego de muchas vicisitudes, concluye que el ejercicio del mando debería estar siempre en manos de las personas más capacitadas, razón por la cual algunos intérpretes lo han considerado monarquista. El mejor hombre de que habla Platón no es necesariamente un rey, sucedido por su primogénito que no necesariamente heredaría las cualidades paternas.

 

De no lograrse este ideal, el gobierno puede pasar y ha pasado, en la experiencia de Platón, a las elites, las cuales para garantizar su posición trabajan a fin de que el estado se mantenga estable, lo cual no siempre garantiza el bienestar de toda la población. Existe otra opción, la democracia. Para Platón la democracia sería un sistema de tercera clase, ya que con demasiada facilidad se corrompe produciendo situaciones de anarquía; en este sistema todo mundo opina, quiere tener la razón, y hacer valer su postura; los gobiernos pactan, negocian y se venden, produciéndose un caos devastador. Pero según Platón el problema no es tanto el caos que se genera sino la tentación de la sociedad productiva de acudir a un quinto posible sistema, la tiranía, el peor de los sistemas de acuerdo a este antiguo pero no precisamente anticuado filósofo.

 

En efecto, cuando el gobierno pierde el control de la comunidad, se impone la impunidad, y se divulga en todos la sensación de inseguridad e incerteza como experiencia cotidiana, más de alguno puede ansiar la mano dura que imponga el orden al precio que sea, abola las instituciones levantadas por la democracia y establezca un sistema autócrata, supuestamente como medida de emergencia.

 

La república romana no fue ajena a estas realidades y contempló en su derecho las condiciones en que podría nombrar a un tirano, título que en ese tiempo todavía no era peyorativo, de hecho significa simplemente “amo o jefe único”.

 

En Roma el tirano recibía el título de dictador, era un personaje electo por el senado cuando se producían situaciones de anarquía o se enfrentaba una amenaza que escapaba al control del gobierno establecido; al dictador se le nombraba sólo por un tiempo determinado y se le otorgaban todas las facultades.

 

En nuestro país es evidente que el sistema democrático tal y como lo hemos entendido y establecido ha logrado muchos éxitos pero ha tenido graves fallas, tal vez tan graves que ya no es reparable y se exige evolucionar hacia una nueva democracia, antes de que la anarquía nos lleve a la dictadura, ya que ésta ni sería griega ni romana.