ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

¿Políticos o gestores?

5 de junio de 2011

Mientras las ideologías conservaron su vigencia fue natural el que éstas se expresaran a través de partidos políticos. Los partidos en efecto tenían como objetivo defender los intereses de todas aquellas personas adherentes a una determinada corriente de pensamiento lo mismo en los congresos que en las alcaldías, en los gabinetes de gobierno y en la administración.

 

Un grave defecto de este esquema fue integrar incluso congresos legislativos con representantes que aseguraban la presencia de todos los partidos, pero para nada garantizaban la capacidad exigida para cumplir su encargo, situación que vivimos hasta el presente, y que se ha expandido a todo el campo de la burocracia, permitiendo que un médico se ponga al frente de las finanzas, un egresado de secundaria sea diputado, un abogado se encargue de la secretaría de agricultura, o un boxeador sea regidor de cultura.

 

Pero ahora las ideologías se han vuelto enteramente relativas e incluso aquellos que las representaban y defendían ardorosamente, las dejan hoy para retomarlas mañana según les convenga. El fenómeno es por lo menos hemisférico, se observa en toda la civilización occidental, y se considera un verdadero triunfo de la realidad frente a la ficción, en nuestro caso, frente a la ficción de las ideologías políticas que solamente han servido para sembrar divisiones, provocar guerras y enriquecer a vividores oportunistas.

 

No son pues ni políticos ni partidos lo que requiere la sociedad actual, sino gestores, es decir, personas capaces de gestionar con éxito el orden social en todos sus aspectos, establecer oportunidades de desarrollo, garantizar un estilo de vida equilibrado que permita a toda la comunidad beneficiarse del progreso, asegurar el estado de derecho, la seguridad, y el respeto a las diversas posturas de los individuos dentro de la legalidad, gestores que no cuesten lo que nos cuestan los políticos, pero que sí den resultados.

Si logramos dar este paso, el primer efecto sería adelgazar la nómina burocrática y hacerla eficiente, pues solamente serían contratadas las personas indicadas para las funciones específicas, probadas antes de emplearlas y condicionada su contratación a los resultados ofrecidos, quedando atrás el viejo vicio de pagar con puestos inútiles los servicios prestados al partido, o colocar inútiles al frente de dependencias públicas. Los mastodónticos congresos de diputados y senadores, federales y estatales, quedarían reducidos a un mínimo de integrantes con perfil probado de legisladores, capaces de interpretar las leyes, ajustarlas, innovarlas no por ociosidad, sino a tenor de las necesidades sociales, y a costo mínimo, máxime considerando el ahorro que traería prescindir de las turbas de asesores, hasta ahora necesarias justamente porque los legisladores carecen de capacidad para desempeñar el puesto.

 

Adicionalmente la nación se ahorraría la ingente cantidad de recursos que gasta en sostener partidos y campañas, así como el dinero invertido para vigilar que partidos y campañas respeten las normas, y no se alíen con delincuentes ni lo sean.