ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Porosidad económica

10 de julio de 2011

Lo anunció un memorable presidente mexicano: “debemos aprender a administrar la abundancia”; nadie le hizo caso, por lo mismo la abundancia que es mucho más real de lo que nos imaginamos, sigue sin ser adecuadamente administrada. En consecuencia todos los conductos del dinero padecen una lamentable porosidad, con frecuentes fugas espectaculares y escenarios de acumulación exorbitante junto a dramáticas condiciones de miseria.

En el lenguaje de la función pública todo el tiempo oímos hablar de sumas millonarias en los presupuestos, en las deudas adquiridas, en las bonificaciones a tales o cuales encumbrados burócratas, en el aumento del gasto otorgado a los partidos, en las bases económicas para el lanzamiento de todo tipo de proyectos, en el costo que genera el sostenimiento de los Tres Poderes, así como la erogación que se hace en asesores, automóviles, equipos de telecomunicación, guardias personales, etcétera. La impresión que nos deja esta inagotable enumeración de sumas es de verdadera e inconmensurable abundancia. Indudablemente poseemos muchísimo dinero, si bien, pésimamente administrado.

Por lo mismo el dinero público se tira en proyectos que quedan a medias, como la remodelación del Centro Histórico, las ciclovías frustradas, las carreteras estatales, o los múltiples institutos para solucionar otros tantos problemas que a la postre solamente generan un problema adicional: abundancia de mano de obra burocrática y basificada.

Para que el presupuesto asignado a cualquier cosa logre por fin aplicarse, atraviesa por una compleja tubería porosa que le resta un buen porcentaje del recurso original, porque hay que pagar papelería, mobiliario, mensajería, compensaciones, porcentajes, telefonía, internet, asesores, inspectores, auditores, secretarias, estudios, avalúos, viáticos, apoyos legales, seguros, bonos, gratificaciones, múltiples viajes de “estudio”, más lo que se pueda tomar sin ser visto y que suele ser bastante. De veras, nos sobra el dinero.

Y nos sobra el dinero no solamente para pagar impuestos de todo género que abulta las arcas del Gobierno, sino para pagar también todo tipo de servicios igualmente carcomidos por la porosidad social; pensemos solamente en el robo permanente e impune de las gasolineras, en la general alteraciones de pesas y medidas, en las infinitas, legales e impunes formas de robar que tienen los bancos, en el pago de profesores piratas, fantasmas, o fraudulentos, en el atraco que significa pagar un servicio de transporte público como si fuera de primera cuando es de quinta, el abuso y robo de las aerolíneas, especialmente Aeromexico, que impone penalidades por cualquier cambio, pero puede hacer perder vuelos, citas laborales, conexiones, negocios y previsiones a sus usuarios sin el menor escrúpulo y sin penalidad para la compañía. Todo esto sin que haya autoridad alguna siquiera interesada en poner remedio.

La corrupción genera porosidad económica, y ésta un desperdicio brutal de recursos que de ser inteligentemente aprovechados nos permitirían condiciones de vida mucho mejores para un mucho mayor número de mexicanos y sin necesidad de nuevos endeudamientos.