ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Prevención y temperamento

30 de mayo de 2010

El castigo de las danaides fue tratar de llenar, por toda la eternidad, un tonel sin fondo, o lo que es lo mismo, acarrear agua en vasijas rotas. El relato ilustra con gran maestría como el mayor y más constante esfuerzo puede verse frustrado si hay una falla de origen que impide su éxito, mito griego que ilustra en buena medida la situación de nuestra sociedad y de sus instituciones.

 

Se han anunciado nuevas campañas y medidas de toda índole para enfrentar la amenaza siempre latente de virus y demás enfermedades infecciosas que han asolado a nuestra región. Ni duda cabe que se erogarán abundantes recursos económicos y humanos para lograr las metas propuestas, como ni duda cabe de que podrán ser inútiles, porque tenemos fallas de origen que no han sido suficientemente atacadas: indolencia, ausencia de cultura cívica, abrumadora inconstancia, irresponsabilidad generalizada y una pésima educación.

 

Con pasmosa prontitud los tapatíos de hoy nos hemos acostumbrado a vivir en la basura, misma que se ve pulular por barrios y colonias, lo cual no impide que la gente saque sus equipales y sillas para sentarse sobre banquetas convertidas en muladares. La falta de aseo permanente en los servicios de transporte público luce las 24 horas del día. De igual manera abundan en nuestra ciudad las azoteas convertidas en tiraderos familiares, frecuentemente en la vecindad de lotes abandonados, cubiertos de maleza. Seguramente para prevenir a los visitantes del tipo de ciudad al que se acercan, todas las entradas a Guadalajara lucen ese mismo aspecto deplorable de abandono y suciedad. El trabajo de las autoridades municipales, aún si fuese todo lo efectivo que cabría esperar, sería un trabajo de las danaides, pues nos hemos vuelto como vasijas rotas o toneles sin fondo, siempre dispuestos a destruir lo que ayer se hizo, y a ensuciar lo que acaba de limpiarse. Este tipo de advertencias prepara al turismo nacional y extranjero para contemplar el modo en que la gente convierte las ventanas ajenas en depósitos de desperdicios, en tanto los civilizados conductores de vehículos particulares van arrojando a la calle todo lo que les va estorbando.

 

Sin duda volverá el dengue y quienes lo sufran se contentarán con platicar los síntomas que tuvieron, si viven para contarlo, lo cual por otro lado no les impedirá seguir contribuyendo a mantener la ciudad en las peores condiciones de limpieza e higiene.

 

Para que cualquier campaña destinada a prevenir enfermedades funcione, debería haber comenzado hace muchos años desde el nivel educativo escolar y cívico, incluyendo por supuesto sanciones eficaces a los infractores, al margen de los votos que se puedan perder en la próxima elección. En nuestro país por desgracia más que alcanzar objetivos, nos contentamos con dar la impresión de que los buscamos, sabiendo que a nadie le preocupa lograrlos.