ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Príncipes y principios

27 de diciembre de 2009

La liturgia cristiana ha denominado a Jesús como el Príncipe de la paz. Un escritor del siglo dieciséis escribió una obra a la que tituló también El Príncipe, el autor se llamaba Nicolás Maquiavelo. Desde luego el contraste entre estos dos “Principados” es radical, y muestra la permanente disyuntiva del hombre y de la sociedad a la hora de querer construir el mundo.

 

Maquiavelo ha observado la conducta pragmática de los hombres del renacimiento, particularmente los que tenían poder; el análisis que hace puede aplicarse lo mismo a hombres religiosos, como Martín Lutero o Alejandro VI, que a emperadores, reyes, empresarios o ciudadanos comunes. La clave de lo que hoy se denomina maquiavelismo surge de un disturbio de la mente y del corazón que hace a los seres humanos adictos al poder, a la riqueza y al estatus.

 

El Príncipe de la paz enseña que estos fines deben convertirse en medios para alcanzar metas más altas, atravesadas todas por la generosidad, la nobleza, el servicio, el heroísmo, la defensa de los desvalidos, la búsqueda de la justicia. Que incluso esos términos deben sujetarse a una reelectura donde la riqueza auténtica radica en la calidad de la persona, el poder se vuelve autoridad al servicio de los demás y el estatus genuino es la bienaventuranza que experimenta quien honestamente se empeña en actuar bien.

 

El Príncipe que observa y describe Maquiavelo es un ser humano privado de sensibilidad, cegado por la búsqueda del dinero, el dominio y los honores al precio que sea. La intriga, el engaño, la traición, el atropello, son recursos legítimos si avalan a su causa. Esta “su causa” es válida por sí misma tenga o no un efecto positivo sobre los demás, surgiendo acaso por primera vez el pretexto más criminal de toda la historia humana “la razón de estado”, y con ella la ficción de un “estado” que ya no representa necesariamente a las personas reales, sino los intereses de un gremio que se adueña de la cosa pública y la maneja a su antojo.

 

El Príncipe de la paz había observado que los poderosos de este mundo oprimen a los pueblos y los tiranizan, “no sea así entre ustedes”, dirá Jesús, por el contrario “quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”. Esta dinámica del servicio a los demás surge de una experiencia de sanación del espíritu y de la mente, por la cual redescubrimos a los otros como semejantes, aún más, como miembros de la propia familia.

 

Que la mente y el espíritu se enferman distorsionando nuestra forma de mirar al mundo también lo había notado otro notable pensador de origen judío, Carlos Marx, situación a la que llamó “alienación”, la cual hace ver a los demás como competidores, como enemigos, como amenaza, destruyendo la natural vinculación que debería darse entre todos los seres humanos.

 

Ciudadanos del tiempo seguimos también hoy ante la misma disyuntiva, sujetar la vida a los principios del Príncipe de la paz, o seguir destruyéndonos unos a otros bajo el imperio del instinto egoísta y desordenado.