ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Radio Juventud

24 de octubre de 2010

No es común rendir un homenaje a una estación de radio, aunque se haya hecho una célebre película para rendir homenaje a un concepto de cine. De cualquier forma, el domingo pasado se rindió homenaje a “Radio Juventud”, indiscutiblemente uno de los conceptos de radio mejor logrados en nuestro medio. Junto al debido reconocimiento a quienes hicieron posible esta estación, unos en este mundo y otros ya no, se ofreció una memoria de lo que fue este canal de radio que por más de 50 años formó parte de la vida tapatía.

 

Afortunadamente se conservan los archivos. No solamente la música, también los comerciales y las voces, y entonces también las épocas, algo así como cápsulas del tiempo que congeladas vuelven a la vida y nos hablan de aquellos años en que las empresas le seguían apostando al Centro Histórico, pero igualmente lo hacían los grupos sociales mejor acomodados; no les repugnaba acudir a ese espacio tan emblemático de nuestra ciudad, y convivir con la demás gente. La misma mercadotecnia empleada en esta estación era persuasiva, para nada agresiva, repetitiva o estrepitosa, por eso el concurso de las voces era muy bien cuidado en lenguajes y tonalidades. Radio Juventud sostuvo por bastante tiempo una oferta muy audaz e innovadora de lo que hoy se llama ganar-ganar, es decir, que honestamente gane tanto el radioescucha como la empresa, por eso los espacios musicales eran continuos, y quienes los patrocinaban, muy gratificados.

 

La música fue desde luego la clave de todo el proyecto, la ventana panorámica a la universalidad de los instrumentos y de los países, todos bajo el común denominador de la armonía, nunca de la estridencia. Quizás Francia tuvo la prerrogativa, y “Morir de amor” una melodía siempre esperada, pero también la música instrumental norteamericana, latina y europea en general; por lo mismo en este homenaje se hizo oír de nuevo “Lisboa antigua”, y de nuevo se vivió lo que cada quién asoció en su momento a esta melodía, la hora del día en que la magia de la música consagró la experiencia del momento, y le dio poder para invocar el recuerdo cada vez que la misma melodía se escuchase.

 

Si quisiéramos identificar el mejor calificativo para esta gran iniciativa tendríamos que hablar de un eros apolíneo, de una estética tersa, de un ambiente integral, positivo, sin contrastes hirientes, el mejor espacio para distensionar el día, la mejor manera de levantarse, y la mejor manera de recibir de nuevo la noche, un lenguaje que comunicó la inefable levedad de la música por encima de la letra, para que cada oyente pusiera sobre esa música la letra de sus propias emociones, de sus contingencias existenciales, y en esos términos armara el archivo de su memoria. Gracias don Rafael Rubio Alatorre, creador y artífice de este inolvidable concepto.