ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Radiografía de una singular profesión

2 de julio de 2017

Busque usted en los programas de todas las universidades y vera que la carrera de “asesor” no existe. En cambio aparece en todas las nóminas de gobierno en sus tres niveles y en sus tres poderes. Es tan omnipresente, ubicua y con frecuencia invisible que casi podría llamarse “la carrera divina”.

 

El origen de los asesores hay que buscarlo en tres fuentes: la complejidad de las funciones que exigen de equipos competentes de asesoramiento, la ignorancia de los titulares de una dependencia que requiere de apoyos extras y extraordinarios mientras el titular algo aprende, o la puerta mágica que abre las nóminas a todo tipo de personas que bajo el rubro de “asesores” aparecen en ellas sin jamás ejercer como tales. En un descuido el oficio de asesor puede acabar siendo visto con el mismo desprestigio y deshonor con que hoy se ve la de diputado en particular, y burócrata en general.

 

Los asesores pueden ser lo mismo profesionistas especializados en algún determinado campo, que burócratas prestanombres que ejercen de asesores en alguna dependencia cuyo salario pasa a su respectivo jefe y ellos a cambio reciben un mínimo porcentaje por ir a firmar la nómina del asesoramiento.

 

Por regla general los asesores son parientes, compadres, amigos o amiguitas de algún funcionario, pero también pueden ser y son personas competentes cuyo trabajo justifica tanto su salario como por desgracia el hecho de que a su sombra eficaz se cobijen muchos más que sólo estafan al erario con permiso o provecho del superior.

En el mundo exótico del sistema político mexicano predomina el asesor de carácter divino, con capacidad para funcionar como consultor en los más intrincados, diversos y disímiles asuntos, a veces verdaderamente fantasmal porque sólo se aparece el día de pago. Pero también existen los discípulos de Yago, ese intrigante y maquiavélico alférez de Otelo, carente de escrúpulos, ávido de poder, experto en generar sospecha, en insinuar sin afirmar, en provocar enredos y crímenes sin inmutarse, un asesor que nadie debiera tener si fuera inteligente pero que abunda en los pantanos del poder por razones comprensibles.

 

En años recientes irrumpió entre nosotros la pandilla juvenil de asesores traídos por jóvenes funcionarios o deseosos de parecerlo, que confundieron tecnología con la capacidad de pensar, sabotean la democracia valiéndose de colectivos del más diverso orden, y consideran su prioridad esencial reinventarlo todo, haciendo borrón y cuenta nueva del idioma español, del pensamiento lógico, de las identidades culturales que para muchos de ellos se crean cada día o se pueden reducir a sus aspectos folklóricos. De su cuenta demolerían todos los centros históricos que no les representan sino un conjunto de edificios viejos y estorbosos, de la misma forma que aplastarían todas las formas por medio de las cuales las sociedades han conservado y transmitido su sentido de la vida, su memoria y su proyección de futuro. Es muy hondo el abismo que se ha generado entre estas nuevas élites y la sociedad, y si no hay quien los detenga o encause acabarán destruyéndolo todo o entregándolo a los poderes globales, con los cuales se sienten tan cómodos, ¡y son los noveles asesores de los gobiernos que tenemos!