ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Recomendaciones

14 de agosto de 2011

Avales, fiadores y recomendadores han sido exigencia y práctica de numerosas acciones, transacciones, negocios y préstamos de toda índole. En tiempos recientes ser fiador no era asunto fácil, conllevaba el riesgo de cumplir ahí donde el responsable fallaba. Recibir el aval se supone que era igualmente cuestión de honor, pues en la época en que había personas honestas nada podía perturbarlas tanto como implicar a terceros en sus problemas. El fiador confiaba y el avalado se comprometía, ambos estaban dispuestos a asumir las consecuencias de sus actos; y aún si no estuviesen jurídicamente respaldados, bastaba la palabra dada.

En la vida pública del país los partidos políticos son avales de los candidatos que proponen, y son avales de sus empleados las instituciones en las que sirven. La sociedad confía en que tanto los fiadores como los avalados honrarán su compromiso o asumirán las consecuencias. Pero la confianza de la sociedad se ha vuelto una inercia poco interesada en averiguar si es o no satisfecha su expectativa, o bien la misma sociedad se vuelve permisiva sea por pesimismo o por conveniencia. Avaladores y avalados lo saben, y aprovechan esta ausencia de participación ciudadana para deshonrar su palabra, apoyar cínicamente a sus recomendados, en tanto éstos hacen quedar mal a sus recomendadores. El costo lo paga el país, ya que fiadores y avalados dejan de cumplir sus compromisos sin que les pase nada.

Los partidos políticos avalaron a las actuales legislaturas, sea la federal que las estatales, los avalados se comprometieron a no desprestigiar a sus fiadores; pero tales compromisos eran, lo sabemos, meramente formales. Por eso no solamente en Jalisco sino seguramente en toda la nación, habrá diputados que ganen dos, tres y aún más salarios devengados en puestos en los que nunca se les ve, como habrá académicos que estando en la nómina de tales o cuales universidades, públicas o privadas, a tiempo completo, figuren también en otras nóminas políticas o universitarias, a tiempo completo; para las instituciones educativas favorecer o por lo menos tolerar esta situación es ya de por sí un mensaje “formativo”: así se hacen las cosas, así se han hecho siempre y no va a pasar nada, durante el escándalo y después del escándalo, las cosas seguirán igual. Si los congresos lo permiten, si las universidades y las empresas lo permiten, si los mismos beneficiarios lo aceptan, señal de que recomendados y recomendadores no son de fiar.

Carlos Marx decía que las grandes conflagraciones sociales son fruto de pequeñas e imperceptibles modificaciones que por acumulación llegan a un punto crítico más allá del cual ya nada será igual, sin duda que nuestros políticos lo saben, pero lejos de modificar las cosas para evitar un estallido social, se medio matan para sacar provecho antes de que el estallido ocurra, a fin de cuentas será siempre la gente quién pague las consecuencias.