ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Reforma política

31 de enero de 2010

Era muy de esperar la respuesta negativa que algunos líderes de los partidos más conocidos, dieron a la propuesta de reforma política del presidente Calderón. El hecho mismo de escucharlos y verlos a través de los medios era ya un interesante entretenimiento de crítica intelectual: el lenguaje usado, la contundencia de las frases, la retórica de caballete, los reactivos de comunicación, los señalamientos, las interpretaciones sobre fines ocultos y aún siniestros, los gestos y el manejo de las manos, todo un espectáculo digno de una novela más sobre políticas y políticos en América Latina al estilo de “La fiesta del chivo” o “El otoño del patriarca”.

 

Desde luego que el enemigo a vencer en esta polémica no es ni la reforma planteada, ni las fuerzas camufladas de la ultraderecha o de la ultraizquierda, el verdadero enemigo a vencer para estos líderes partidistas es la ciudadanía y sus aspiraciones a una democracia auténtica, participativa y efectiva. El patrimonio a salvar, a como dé lugar, es la dictadura de los partidos y la forma en que se han adueñado del Estado, de la nación, y sobre todo de sus recursos.

 

Por supuesto que la propuesta de legalizar las candidaturas ciudadanas representa una sentencia de muerte para los partidos, ya que en la práctica los haría inútiles, y siendo como son tan costosos, el siguiente paso sería decretar con bando solemne su inmediata abolición. Evidentemente una reforma política de fondo tendría que considerar seriamente esta supresión, así como establecer nuevas instituciones y mecanismos calificadores de cuanto ciudadano tuviese la aspiración de ocupar un cargo público, sea o no de elección popular.

 

Reducir el número de Diputados Federales es igualmente una grave amenaza al tamaño de las prebendas que los partidos pueden ofrecer a sus afiliados, un golpe a su habitual clientelismo, y una notoria pérdida de su protagonismo social.

 

Es lamentable que incluso aquellos líderes de partido que daban cierta esperanza de honestidad intelectual y democrática, se descararan con tanto denuedo, y lejos de advertir los signos del tiempo que soportan esta propuesta de reforma política, solamente vieran amenazas a sus intereses. No parecen dispuestos a admitir que los partidos se hallan en etapa terminal, y pese a los cotidianos escándalos públicos que protagonizan todos y por todas partes, es poco lo que hacen por modificar las cosas.

 

Los tiempos actuales exigen que la integración, al menos de los congresos, se haga con base a competencias, no a cuotas partidistas que llevan a las legislaturas personas carentes de las cualidades necesarias para el desempeño de su cargo, y a las que luego hay que añadir abundantes asesores, todo desde luego con cargo al erario.

 

Hoy más que nunca se ha puesto a la vista de todo el país la gran trampa en que nos hallamos: los únicos legítimamente autorizados para promover, apoyar y aprobar las reformas que exigen los tiempos actuales, no están dispuestos a hacerlo, ya que por encima del bien de la ciudadanía, está la preservación de su poder. México ha sido secuestrado por los partidos.