ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Reformarse para reformar

9 de marzo de 2014

Hace algunos sexenios uno de los candidatos presidenciales andaba ofreciendo computadoras por todos lados, también en las intrincadas zonas montañosas del sur de México, hasta que un profesor rural le hizo notar que primero deberían introducir la energía eléctrica de la cual, por supuesto, carecían.

 

A pesar de los buenos propósitos y de toda la parafernalia publicitaria del Gobierno en funciones, los habitantes de este país empezamos a tener la impresión de que la buena marcha de la nación solamente está ocurriendo en los comerciales, en los discursos y en los informes.

 

De momento se alardea la aprobación de las reformas, algo inédito, tantas y en tan poco tiempo, como si bastara publicarlas, por más que haberlas aprobado sí sea hasta cierto punto un mérito. Pero los ciudadanos comunes que están enfrentando los hechos reales y concretos de cada día difieren en no pocos aspectos de los triunfos anunciados no porque esperemos resultados al día siguiente, sino porque en algún caso, en especial el de la reforma fiscal, se advierte la increíble improvisación, parece que ningún miembro de la feliz burocracia advirtió que las herramientas con que contaban las instituciones hacendarias no bastaban para dar cauce a las nuevas formas y maneras de proceder en la recaudación.

 

Las reformas laboral y educativa habrían requerido igualmente de un tiempo específico, mínimo, para generar una cultura social más abierta y receptiva a sus conceptos, no bastaba hacer circular por todo México “De panzazo”, y capturar a la maestra Gordillo para persuadir a los principales actores de la necesidad de su involucramiento en un tema tan enredado. Ni basta mostrar que los mexicanos son los ciudadanos que más horas pasan en un trabajo, pues así laboren dos turnos los pueden pasar trabajando solamente la mitad. Evidentemente la educación no ha modificado la cultura laboral de los mexicanos, que le seguimos apostando a la cantidad, no a la calidad, a los productos, no a su eficiencia, a la ganancia no a la creatividad.

 

La reforma política es hasta la fecha una propuesta ambigua, peligrosa en muchos aspectos, y desde luego parcial, no incluye la reforma del Estado, ni la del Gobierno, ni mucho menos la reforma de la burocracia, pareciera hecha exclusivamente para las campañas electorales, no para transformar la mentalidad política de la ciudadanía y hacerla transitar hacia una democracia responsable y participativa, transformación que a su vez haga posible la generación de hombres y mujeres con visión de estado, no de sexenio.

 

Mientras no cambie nuestra idiosincrasia, de poco ayudarán las reformas, aún si fuesen perfectas, porque los encargados de aplicarlas somos los mismos. Nuestra conducta repetitiva se asemeja a casi cualquier calle del Centro Histórico de Guadalajara, donde se renovaron las baquetas pero a medias y no todas bien, se arroja el asfalto y lo esparcen con escobas quedando los bodoques en las esquinas o a manera de novedosos topes, se arreglan desperfectos pero quedan los cerros de tierra en las esquinas esperando que llueva y se los lleve, pasa el carretón de la basura y riega más desperdicios de los que intenta recoger, todo gracias es la escalada de la irresponsabilidad. Es la idiosincrasia del “ahí se va”, de “dar el gatazo”, de “hacer como que hacemos”.