ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Romería 2010

10 de octubre de 2010

Hace ya 480 años llegó al Valle de Atemajac un misionero español, caminando a pie y descalzo, luchando cada día por aprender la lengua de los indígenas, entender su universo y proponerles el suyo. Como memoria de su trabajo, de sus ideales y logros dejó a la comunidad indígena de Zapopan la pequeña imagen de la Virgen que lo acompañaba, y probablemente nunca imaginó lo que con el andar de los tiempos esa imagen diminuta iba a significar para una de las regiones más importantes de México.

 

Conoció esta imagen mariana el Valle de Atemajac despejado, conoció el rostro original de los pueblos indios y de los españoles inmigrados, los temores y las esperanzas de ambos, el lento construirse de una nueva raza, de una nueva cultura, de una nueva forma de ser católicos en América. Esta pequeña imagen concentró la mirada angustiada de una Guadalajara asolada por inundaciones y epidemias; concentró las alegrías y los triunfos de un reino que prosperaba logrando conquistas en tantas artes; miró las expectativas de la vida independiente, y reunió en torno a sí el llanto y la amargura de una ciudad sitiada, de una sociedad que se dividía. Una imagen, una presencia, la presencia simbólica más constante de estas tierras.

 

Seguramente por todo eso y mucho más, la fiesta del 12 de octubre se ha constituido en la de mayor significado y contenido; la visión que nos ofrece es única y espectacular, no basta una mirada, ni un ir a la llevada de la Virgen  una o varias veces, para poder captar y comprender todo lo que entonces se ve. Es un calidoscopio, una conjunción abigarrada de todo cuanto puede en el ser humano expresar la devoción; los pies caminan, marchan o danzan, las manos aplauden y veneran, las voces rezan, cantan, gritan, murmuran súplicas, agradecen favores, muestra la humanidad el rostro de todas sus edades, todas las formas del andar se suceden, ondean las banderas multicolores, resuena la marcialidad de las bandas de guerra contestadas por la suavidad sonora de las bandas de música, y el rítmico sonido de los atabales, de los cascabeles y las sonajas; bailan en el viento los penachos y los estandartes, y de la Catedral a Zapopan un rumor permanente de rezos se extiende y se aviva conforme la Virgen pasa.

 

No hay en el mundo cristiano otra romería mariana que concentre tal cantidad de personas en una sola procesión. Siete kilómetros, cuatro horas y media, cinco siglos de presencia y 276 años de celebrarse la llevada de la Virgen son ya un patrimonio valioso que toda persona bien informada sabe aquilatar. La llevada de la Virgen es desde luego nuestro nexo directo con las raíces profundas de nuestra cultura, el espacio y el tiempo en que la ciudadanía se expresa sin que medie otro deber que el del afecto y la gratitud.