ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Saldo gris

7 de junio de 2015

Concluye hoy el proceso electoral 2015 con un saldo gris profundo. La nota más preocupante del proceso la dieron, desde luego, los partidos.

 

Son los partidos los que designan a sus candidatos por el camino que deciden. Son los partidos quienes nombran a los jefes de campaña. Éstos a su vez son responsables del discurso que manejan los candidatos, tanto en lo individual como a través de los medios de comunicación. También los partidos son responsables del uso que dan a los recursos económicos que reciben para sus campañas. Tienen el deber de cerciorarse acerca de los convenios, compromisos y acuerdos que sus candidatos establecen de manera directa o indirecta con toda clase de individuos o grupos en pos de lograr apoyos y desde luego el ansiado voto. De estas y de tantas otras cosas los partidos se hacen cargo, pero lo hacen a tenor de criterios, principios, y valores muy suyos.

 

En lo que todos los partidos coincidieron fue en seguir promoviendo una sociedad de pedigüeños y beneficiarios, donde hasta quién no tiene necesidad se siente damnificado ante la avalancha de ofrecimientos y dádivas, desde las más burdas como las mochilas hasta las más fantasiosas, como abaratar el costo de la vida. En el entretanto se repartieron despensas, electrodomésticos, y hasta bolsas de papas fritas con billetes de cien pesos. Ese ha sido el compromiso de la mayoría de los partidos, favorecer la prolongación de una sociedad miserable peleándose por una gorra o un paraguas, para que siga habiendo vales y toda clase de limosnas miserables.

 

Este espectáculo denigrante y vergonzoso fue adicionado con los cientos de miles de comerciales bofos que por todos los medios se lanzaron, contratando a cientos de paleros, casi todos con el mismo lamentable mensaje: porque me van a dar, o para que me sigan dando. Ese es el tipo de ciudadanía que promueven los partidos políticos.

 

Y porque los votos se cuentan, no se pesan, el sector más agredido, el grupo social más envilecido por estas campañas fue el de la llamada clase popular, ahí donde los partidos de siempre lucran un voto sobornado o amenazante, ahí donde las necesidades reales jamás satisfechas alienan a las personas, enajenándolas con renovadas esperanzas. En este espacio turbulento ni las iglesias se escaparon, unas ofertando su voto gremial, otras abriendo espacios a los candidatos, cada quien a su criterio, porque no hubo un principio rector que unificara las posiciones y orientara las acciones.

 

El apenas concluido periodo electoral ha mostrado hasta dónde ha crecido el poder corruptor de los partidos, particularmente de los partidos más “fuertes”, y su obstinada decisión de reducir sus propios institutos políticos a jugosas bolsas de trabajo. Lo que sigue muy probablemente será lo de siempre: prolongadas jornadas para ver de qué van a dar chamba a la infinidad de colaboradores desinteresados, reacomodo de las estructuras de chantaje en la administración municipal, ubicación de posibilidades para el próximo periodo, tres años de vacaciones pagadas para los nuevos diputados, y contemplar cómo los gobiernos municipales medio trabajarán, y obstruirán y medio el trabajo de la ciudadanía.