ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

San Juan de Dios

8 de septiembre de 213

San Juan de Dios es uno de los barrios más emblemáticos de Guadalajara, y uno de los centros comerciales donde más dinero se mueve, pero al acercarnos a él hay que observarlo en tres pistas: la moderna, funcional, aséptica y concurrida, visible en instalaciones como el Centro Joyero; la segunda pista es el mercado de San Juan de Dios, mucho más concurrido pero sin ninguna de las demás características arriba mencionadas; a la tercera pista le llaman la zona de tolerancia, ajena por completo a las otras dos, y en la cual, como bien dice su nombre, se tolera todo, comenzando con la cotidiana infracción de cuanta ley haya o esté por haber. En su conjunto, San Juan de Dios es un entorno de avenidas, calles chuecas y derechas, callejuelas, callejones; también plazas, explanadas, plazuelas, parques, jardines, fuentes, estatuas indescriptibles, y la imponente herencia monumental y social del obispo Cabañas.

 

La zona de tolerancia es deprimente, mezclada, confusa, no define bien sus límites, invade los espacios ajenos, los replica, los sintetiza. Se mantiene una llamada “Plaza de los Mariachis” ahí donde termina un espacio y comienza otro; en ese triángulo histórico los mariachis netos, los que no son invitados al famoso festival internacional, se pasan tardes y noches toreando los coches de posibles clientes en la Calzada Independencia y en la calle de Obregón. La plaza misma tiene la extraña virtud de volverse decrépita cada vez que la remozan. Conserva su portal hoy invadido por el comercio de plásticos, donde otrora existían fondas y restaurantes típicos; de éstos apenas sobreviven dos sin haber pasado nunca la barrera de la modernidad, ahí se venden además bebidas, también en la cantina de enfrente, donde trabajan muchachas contratadas como “meseras”. Los despachadores de drogas vuelan en motos, en bicicletas, hasta en patinetas o a pie distribuyendo el producto a cuanto cliente lo requiera.

 

El segundo piso del portal parece que se viene abajo, de hecho algunas habitaciones ya se han destruido empujando las puertas hacia afuera. El edificio hace juego con su vecino, una casona de tres niveles rara vez pintada. De la calle Obregón a la de Aldama reinan los empresarios de lo prohibido, entre casuchas y vecindades, hotelillos, baños públicos, talleres, cantinas de todo tamaño, todas de apariencia lóbrega. La vía pública semeja una red donde las calles de oriente a poniente son para comerciar productos lícitos, y las que van de Norte a Sur, para comerciar personas, este espacio resulta ser un escaparate del deterioro social, pordioseros, vagabundos, ancianos abandonados, adolescentes pintadas criando niños a la vista de los transeúntes, acaso como una forma de atraer al cliente; niños y jóvenes inhalando sustancias entre las manos. Y materialmente dándole la espalda a estos asomos del inframundo tapatío, la antigua iglesia de la Santa Cruz, que algunos despistados insisten en dedicar a San Juan de Dios.

 

Como es natural hay líderes de todo tipo en estas tres pistas, pero son vecinos que se ignoran por la diferencia de conducción que realizan; que la autoridad nada ha podido hacer nunca en el tercer espacio, pese a periódicos esfuerzos, que los caciques de aquí y los de allá son indómitos y prefieren hundirse con su barco antes que modificarlo. Por lo pronto es cierto que en ninguna otra parte de Guadalajara coexisten con tan radical proximidad mundos tan distintos.