ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Sí hay niveles

6 de diciembre de 2015

La FIL sí es efectivamente la feria del libro más grande en lengua española. Pero en una democracia capitalista la diversidad de los niveles oscila siempre entre lo práctico y lo excluyente, entre lo supremo y lo marginal. También en esta gran feria, pese a su origen universitario, público, y social, se dan niveles.

 

Hay días en que no puede entrar todo público, y tardes en que apenas si se puede entrar. Se dan igualmente niveles en la atracción, unos van por el ambiente bullanguero con sabor a tardeada, otros van a ver, y seguramente muchos más van y compran, no sabemos si luego leen.

 

Pero donde los niveles se marcan con mayor evidencia es en la increíble variedad de precios, donde libros bien empastados y a todo color valen 50 pesos mientras que pequeños folletos de elevada marca editorial cuestan 600. De poco sirve la importancia de autores y textos, así como el genuino interés por leer lo que han escrito, los precios se vuelven excluyentes, hay literatura que no es para todo público, nada más para los pudientes.

 

Ni qué decir de los espacios destinados a las casas editoras o a las grandes librerías, los hay de primer mundo y siete estrellas, de clase alta, media, medio pelo y madriguera. Dígase lo mismo de las universidades que pueden comprar metros y metros de piso y techo, y las que modestamente se ubican en la sección morralla. Otras seguramente se abstienen o porque no tienen libros que exhibir o de plano para no pasar vergüenzas. Ni siquiera el sindicado de la Universidad de Guadalajara han logrado un espacio de mayor lustre.

 

Los trabajadores temporales de la feria son otro escenario clasista, pues el salario promedio por media jornada es de 220 pesos, y la dicha infinita de poder entrar al recinto diariamente. Aunque probablemente a estos empleados los libros les tengan sin el menor cuidado, su labor consiste en cuidar que nadie se vaya a robar ninguno; ya se han dado casos de anarquistas bibliófilos decididos a defender la igualdad de oportunidades para todos.

 

Como es de suponer, en torno al recinto ferial se hayan numerosos hoteles que marcan con todavía mayor elocuencia nuestro sistema clasista; de esta suerte los célebres escritores, dueños de editoras, y representantes de primer nivel se hospedan en hoteles de diez pisos para arriba, en tanto que el  personal que carga cajas, atiende los puntos de venta y organiza el desbarajuste, llega a los de tres pisos para abajo. La escena se repetirá a la hora de los alimentos, para lo cual la feria y el entorno citadino ofrecen para toda clase de bolsillos.

 

Ni qué decir de este imperio de las clases sociales el día mismo de la inauguración, donde los funcionarios públicos de rango, los invitados de honor completo, y los dueños del evento se apropian de la inmensa alfombra roja en medio del pueblo asistente. Ahí cada fila cuenta, y cuenta mucho en qué dirección te ubican con respecto al eje del presídium.

 

Nuestra democracia no es sino la careta moderna de la aristocracia de siempre, la del dinero.