ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Sobreviviendo con éxito

13 de febrero de 2011

Durante los primeros 10 años de su existencia, Guadalajara fue una comunidad nómada que zigzagueaba del Valle de Atemajac a la región cazcana, cruzando la gran barranca. Decidida su fundación desde Tonalá, la entonces villa se fue a la zona de Nochistlán, de donde debió regresarse a Atemajac entre pedradas y flechazos. De nuevo enviada con buenas razones a la cazcana, se estableció en Tlacotán, donde recibió título de ciudad y escudo de armas, mismo que no le sirvió para enfrentar los continuos ataques indígenas, así que nuevamente salió en circunstancias similares a las de Nochistlán, para venirse al Valle de Atemajac, en 1542, y ya no salir de ahí, cayera quien cayera.

 

Nacía entonces un nuevo proyecto civilizador bajo el liderazgo de 62 familias españolas, que habrían de compartir paulatinamente las muchas comunidades indígenas del anchuroso valle. Las positivas condiciones geográficas y climáticas del sitio le conquistaron, en 18 años, la capitalidad sobre la Nueva Galicia y su vasto obispado, de forma que al concluir el siglo XVI Guadalajara ya era Guadalajara, y lo habría de seguir siendo.

A 469 años de su fundación las zonas salvajes ya no están sólo fuera de la ciudad, sino también dentro de ella, ejerciendo una violenta presión destructiva de múltiples facetas, que lo mismo afecta la estructura material de la ciudad, que su patrimonio intangible, su tejido social, que sus proyectos de futuro.

 

Desde luego que solamente en Utopía las cosas marchan siempre bien. En la realidad ocurren de otro modo, siendo la forma en que se enfrentan y resuelven lo que distingue a una sociedad exitosa de otra que no lo es. Las soluciones triunfadoras requieren por su parte de una adecuada dosis de ingenio, de estrategias acertadas, de numerosas vinculaciones, de mapas sociales diferenciados y precisos, de acciones decididas. Ninguno de estos recursos los hemos tenido últimamente en el nivel y grado que requerimos; los mismos gestores políticos se han visto continuamente obstaculizados por la viscosa guerra permanente que mantienen los partidos políticos, éstos que en su origen fueron una buena solución y hoy parecieran el principal y mayor de los impedimentos.

 

Es la ciudad quién paga los costos de estas divisiones intestinas e insolubles, de esta carencia de visión comunitaria fragmentada por la complejidad de las visiones individuales y egoístas; habría que ir a no pocas ciudades mexicanas a preguntarles como le han hecho para poder elevar su condición y mostrarse de una manera tan distinta y tan positiva, desde su Centro Histórico hasta la urbanización de sus periferias, de la conservación de su patrimonio cultural tangible e intangible a la búsqueda de soluciones a sus problemas sociales.

 

Estamos celebrando 469 años que fueron en su mayor parte exitosos, ojalá sea ocasión de aprendizaje y compromiso para el presente y futuro de nuestra ciudad.