ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Sociedad denigrada

5 de abril de 2015

Hace cien años la denigración del pueblo mexicano se atribuía a la pasada dictadura porfirista y se enfocaba fundamentalmente en los aspectos educativo y económico. Un pueblo ignorante y miserable sin otro horizonte deseable que poder comer al menos una vez al día.

 

Hoy las cosas han cambiado, el analfabetismo ha sido casi erradicado, y aunque aún México tiene un cincuenta por ciento de su población viviendo en pobreza, hay otro porcentaje casi igual que ha superado ese nivel. La denigración actual se ubica más bien en otros ámbitos, concretamente en el proceso sostenido de alcoholización social, debilitamiento moral y anarquía comunitaria, entre otros.

 

Bajo el principio de que el fin justifica los medios, y el sofisma de que lo importante es dar trabajo, sea de lo que sea, el crecimiento de todo tipo de sitios para la venta y consumo del alcohol se ha desaforado, cebándose principalmente en los alrededores de cuanta institución educativa, pública o privada exista. Los señores tequileros, con el afán de vender su producto, lo han convertido en el segundo escudo de Jalisco, y lo peor, han trabajado tan consistentemente que acabaron por transformar un gusto en un vicio. Vender alcohol y cerveza a granel y en grandes cantidades parece ser el objetivo supremo de los antros, bares y conexos, donde a las cubetas han seguido los barriles, mesa por mesa, para que los concurrentes se harten y congestionen, pues más que beber, tragan alcohol bajo la complaciente mirada de las autoridades, muy ufanas porque están aumentando la planta laboral.

 

En no pocas escuelas, ya desde la primaria, la educación sexual se convirtió en promoción de las relaciones sexuales a la edad que sea, y mientras más pronto mejor, bajo la excusa de que ya saben cuidarse, como si un adolescente tuviera la suficiente contención para hacerlo a la hora de las pasiones desatadas. El resultado ha sido la proliferación de embarazos y eventualmente de abortos, que dejan en quienes los viven una inevitable autodenigración.

 

Pasionales y alcoholizados, lo mismo sobrios que ebrios, dan el siguiente paso, la anarquía de la existencia, donde las reglas mínimas que favorecen la vida en sociedad se quiebran y pulverizan con un costo muy alto para la vida de todos. Y hay que advertir que en este aspecto, no es la delincuencia común la más visible, sino la que cometemos todos los ciudadanos todos los días, y que inicia por la falta de respeto a las leyes de tránsito, a las normas de la buena vecindad, a la honestidad laboral, a la responsabilidad medioambiental.

 

Al margen de estas realidades que inundan la ciudad y los pueblos, los cristianos han celebrado en este día la fiesta de la Pascua, es decir, del rescate de la vida, de la resurrección, de la reintegración existencial, celebración rica en toda una serie de antiguos símbolos, que tal vez no ha incluido la presentación de resultados, de las cantidades de personas rescatadas de esta denigración social avasallante, acaso porque los planes de que se valen para evangelizar son obsoletos y parciales, de ahí que los resultados negativos sean más evidentes que los positivos.