ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Sociedad sin valores

29 de noviembre de 2009

Cuando observamos el deterioro de los valores en el ser y quehacer de la sociedad, entendemos que la misma democracia, como acción social, se halle a tal punto desvirtuada. En cambio abundan las estrategias, conjunto de recursos orientados a la obtención de metas, ajenas por supuesto a consideraciones éticas.

 

El comienzo del fenómeno hay que ubicarlo en la consolidación del capitalismo y la brutalidad obsesiva con la que se aplicó a la obtención de riquezas materiales, fin absoluto que legitimaba cualquier medio empleado para lograrlo. Con el paso del tiempo estas estrategias de mercado se fueron aplicando a todo, sin que se salvara la democracia o la misma religión, particularmente en el mundo protestante, donde surge esta propuesta.

 

Así surgen en las últimas décadas del siglo XX las guerras sucias en el mundo político y en la propaganda proselitista de los innumerables grupos religiosos norteamericanos; no es que estos recursos fuesen nuevos, la novedad consistía en legitimarlos, el que políticos y promotores supuestamente cristianos no tuviesen escrúpulos en calumniar, difamar, escandalizar, y ridiculizar a quienes pensaban distinto o eran vistos como su competencia; si el objetivo era obtener votos o adeptos, los medios no importaban, porque los valores éticos habían sido reemplazados por los intereses del mercado.

 

Hoy día vemos guerras sucias por todos lados, particularmente en el mundo de la política donde al ser mayores los intereses son también más violentos los recursos. Esta realidad ha perjudicado seriamente a la democracia, que más que un valor en sí misma, es un sistema que supone valores en quienes tratan de hacerla operativa, y sobre todo, creíble. Pero si desde las bases mismas del sistema que son los partidos políticos, las luchas de poder no se basan en el concurso curricular, sino en el concurso de las intrigas, cabe pensar que quien comenzó intrigando en las bases, lo seguirá haciendo en la cúpula, a costa de la calidad de personas y servicios, a costa del presente y del futuro mismo de una sociedad que permite este tipo de maniobras.

 

Sin duda que en el fondo lo que se advierte es la condición humana tan frecuentemente proclive a la satisfacción de su egoísmo. Aún en los tiempos en que robar, matar y mentir eran explícitamente delitos, los reyes se ingeniaban para salirse con la suya, como fue el caso Felipe IV, rey de Francia, pionero de las guerras sucias que hoy vivimos; ambicionando la riqueza de la orden del Temple, acudió a la estrategia de lanzar sobre sus dirigentes las peores calumnias, para así someterlos a juicio y desde luego, hallarlos culpables. Se les acusó de 37 delitos, todos falsos, la mitad de los cuales eran de tipo sexual, como se estilaba en la época si se quería anular a un competidor, y la otra mitad era de tipo doctrinal, con lo cual la trampa se cerraba. Sometido a terrible tortura el mismo prior de la orden gritó “lo confieso todo, y si ustedes quieren, yo maté a Cristo”. Asunto arreglado.