ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Tendencias electorales

30 de octubre de 2011

No sólo en México, también en otros países y en otros continentes, se da una tendencia electoral a favor de candidatos jóvenes, tal vez porque, como dijera la célebre Mafalda, el “acabose” de lo que vivimos hoy, fue el “empezose” de las generaciones mayores que no obstante quieren seguir mandando. En términos menos románticos, influye también el nuevo concepto de vida breve que impone la cultura contemporánea, percepción que acelera lo mismo inquietudes que ambiciones. Si antes saber esperar fue una virtud, hoy es el mayor de los errores. Sea por una renovada esperanza en el poder joven, que por una decepción del poder viejo, o por el mismo imperio de la nueva cultura, tenemos infinidad de jóvenes que quieren ser presidentes de la nación, célebres diputados, exitosos empresarios o artistas consagrados, a los 20 años, cuando mucho a los 30.

Jóvenes artistas los ha habido siempre, el talento es el talento; empresarios exitosos por herencia o por innata capacidad, también; igualmente hemos tenido ya políticos jóvenes, carentes de experiencia, con muchas ganas de todo, a veces hasta idealistas, pero de resultados frecuentemente patéticos, basta mirar al Congreso Estatal. Ahora enfrentamos un nuevo riesgo bastante aceitado por los medios de comunicación y el ambiente juvenil: la tendencia a elegir no solamente candidatos jóvenes, sino adicionalmente, con perfil de actores de telenovela o cantantes de moda, capaces de salir con traje y corbata al escenario y volver al camerino apenas en ropa interior, porque así ocurre en los espectáculos. Poco le importa al elector de este perfil que el o los candidatos tengan capacidad, experiencia, responsabilidad, propuestas reales, que garanticen logros concretos en todos los campos de su función, que sean capaces de asumir con seriedad un cargo público de esta dimensión y explicar de manera convincente como le van a hacer para cumplir sus ofertas electoreras. Trágicamente, tampoco al candidato joven le interesa otra cosa que ganar, con todo el glamour, el dineral y la experiencia del poder total que trae consigo el triunfo en nuestras poco democráticas latitudes, lo demás es lo de menos.

Por si faltara algo, debemos considerar el alto número de mexicanos que desde la última elección federal cumplieron la mayoría de edad, y el porcentaje que entre esta edad y los 26 años se acumula en la población actual, considerando que justamente la media nacional de población es la de 26 años. Indudablemente, el voto joven se convierte en un mercado irresistible, de ahí que los partidos políticos andarán buscando ansiosamente el candidato que se acomoda a este perfil, para lanzarlo a la muchachada que por éstas o por las otras, se dejará seducir por semejante manejo, por lo menos así lo esperan.

Tal vez enfrentamos un proceso electoral marcadamente generacional, pero si advertimos que lo trascendente no es la elección sino la gestión posterior, hay serias razones para preocuparnos.