ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Terminal 2

25 de noviembre de 2012

Tanto en la ciudad de México como en la de Monterrey existen dos terminales aéreas, por eso con toda propiedad se puede hablar allá de terminal uno y terminal dos. En Guadalajara existe una terminal aérea más o menos de primera, y una a la que llaman dos, no porque sea otra, sino porque es de segunda y casi casi de tercera.

 

La así llamada terminal dos tapatía es un endriago entre central camionera rural y pista de aeroplanos. La sala de registro es tan pequeña que si en un descuido de los que no suelen faltar, coinciden por allí dos vuelos de Viva Aerobús, sus conocidas y apretujadas colas llegarían fácilmente hasta la terminal uno, con la ventaja de que la banqueta tiene techo. Pero basta con uno de estos embarques para que reviente la reducida sala donde se debaten maletas y personas en la retorcida fila entorpeciendo a los que llegan de otros vuelos y a los que salen por la línea alterna, la puntual, económica y servicial Aeroméxico.

 

Pasado el sofoco del inicial registro ya imaginará usted lo que significa entrar a ese túnel del tiempo que tiene la dicha terminal para la revisión de equipaje manual. Por principio casos se han dado de gentes que formándose en la cola para registrar acabaron alzando las manos apenas pasado el arco detector de metales, porque en la revoltura de las filas ya nadie sabe en cual está, y porque a las amables señoritas policías del “zaguán” se les pasaron unos y otros en la confusión.

 

Si el indiscreto aparato que revisa el equipaje de mano evidencia objetos raros, sustancias o pinzas depiladoras, la cola se detiene, o se enciman unos con otros, lo mismo gentes que maletas en el estrecho espacio y todo mundo ha de enterarse del incidente, viendo las entrañas abiertas de los maletines o bolsos, o las vueltas y revueltas que da un señor obeso al que le suena el aparato detector por aquí y por allá, por más que en apariencia haya depositado todo en la canastilla. Desde luego, debería haber más canales de revisión, pero los tendrían que poner en la azotea, porque en la flamante “terminal dos” el espacio ha sido cuidadosamente reducido a su mínima expresión.

 

La sala de espera tiene una sola ventaja, un techo alto, lo demás son filas de asientos y varias puertas de salida al único distribuidor que conduce, pie a tierra, hasta las escaleras de los aviones. Como las puertas de los aparatos aéreos se abren a la intemperie, los astutos mosquitos, que ya conocen horarios y posiciones, aguardan también para abordar mucho antes de que lo hagan los pasajeros que sí pagaron por un buen servicio. Nadie se admire si cuando va subiendo observa el aplaudidero de los que lo hicieron primero porque son socios de no sé qué tantos niveles, y por lo mismo tienen la honrosa misión no de aplaudir a los que van subiendo sino de aplastar a cuanto mosco latoso puedan, antes de que éstos se merienden o desayunen a nuestros pasajeros clase premier.